miércoles, 7 de agosto de 2013

Condenados al alambre







El martes a las 9:30 de la mañana estaba discutiendo con mi hermana y un amigo sobre cuestiones referentes a nuestro trabajo, el día había arrancado horrible, como siempre, como viene sucediendo desde hace 3 años. Y aquello que unos clientes nos habían prometido, al final no lo cumplirían, y deberíamos rever cómo conseguir terminar otro trabajo para así juntar los pocos pesos que estamos produciendo desde hace tanto tiempo, que no sirven para mucho. Estábamos realmente enfrascados en nuestras complicaciones cuando de pronto ¡Boom!, sonó a lo lejos. Fuerte. Fuertísimo. Grave. Lejano.

Mi amigo enarcó las cejas y vaticinó: “Eso fue una garrafa”. Mi hermana subió la apuesta, muy asustada tiró: “Una garrafa no hace ese ruido, eso fue una caldera”. Pero a mí no me parecían ninguna de las dos cosas. Eso era una explosión terrible que había ocurrido muy lejos, y se los dije.

Salí a la calle y miré el cielo, pero no se veía nada. Y por supuesto que no se vería nada, mi lugar de trabajo se encuentra a 44 cuadras del edificio que explotó por el aire matando tanta gente y sepultando vecinos que aún están desaparecidos. Prendimos la radio. Nacho Russo hablaba de una explosión en Salta 2141, había explotado una caldera.

Después resultó que no, que no había sido una caldera, y ya se hablaba de una chica muerta y una docena de heridos. Las llamas no se podían apagar al tiempo en que los minutos pasaban y las teorías confundidas mutaban a la realidad ocurrida: Carlos Osvaldo García, un gasista matriculado estaba cambiando el regulador de gas en la entrada al edificio cuando tuvo un inconveniente aun no clarificado y se produjo una pérdida de gas del caño de media presión de la vereda que, apuntado con vehemencia hacia el palier del edificio de 3 módulos y 60 departamentos, comenzó a inundar la propiedad horizontal con copioso caudal de gas comprimido que, en menos de veinte minutos, desalojó el oxígeno reinante en cada rincón del inmueble para terminar en el inevitable y desesperante contacto con algún artefacto eléctrico que detonó la impensada bomba que se escuchó a 40 kilómetros a la redonda. Como cuando cae un meteorito, como cuando hay un atentado.

Y se tardó mucho en entender lo que había sucedido, la gente corría, despavorida, en estampida, sin rumbo. Hubo gritos. Transeúntes que se transformaron en un instante en rescatistas, gente desnuda y quemada en el medio de la calle. Al principio se supuso que los ocupantes de los primeros 3 o 4 pisos del frente serían los damnificados, por la conquista del fuego. Hasta la noche no se supo que el módulo central del edificio había desaparecido por completo, y recién ahí se tuvo magnitud de lo que ocurría. Y recién ahí se pudo llegar a la conclusión de que la explosión dejó un sector completo del edificio derrumbado.

Y de inmediato salió Litoral Gas a declarar su inocencia en este accidente. A pesar de que varios vecinos venían diciendo por radio que hacía mucho tiempo que estaban teniendo problemas con el gas y que habían hecho el reclamo, Litoral Gas salió a desmentir relación alguna con el episodio. Y de inmediato llegó la orden de allanamiento y el Juez Curto recopiló información en donde claramente había registro de los problemas y de las reparaciones hasta veinte días antes, no había registro alguno de visita al lugar en el momento del siniestro, por lo que Litoral Gas estaba libre de culpa y cargo. Hasta el RRPP de la empresa se encargó de ordenarle a la periodista que lo entrevistaba que “pongan bien grande que nosotros no tuvimos nada que ver”. ¿Tan rápido? ¿No hubiese sido mejor callarse y abrir los legajos ante el allanamiento con respeto y prudencia?

Y ahí es donde los argentinos siempre caemos en la misma tragedia, porque estamos condenados a atar las cosas con alambre. Porque lo que aquí ocurrió tranquilamente puede ser que Litoral Gas haya ido veinte días atrás del siniestro, como dice, y haya arreglado el problema, que no se arregló del todo y hubo un nuevo reclamo, y seguro que Litoral Gas debe haber reprogramado una visita para una cantidad de tiempo inaplicable al invierno que estamos atravesando, que derivó en la única posibilidad por parte del consorcio de tener que llamar a un gasista matriculado por fuera de Litoral Gas que hiciera las labores en un tiempo más acorde a la lógica para evitar que 60 familias pasen 15 o 20 días sin gas con estas bajas temperaturas.

Y lo mismo ocurre con el 911, esa mujer que, completamente desencajada, insultaba a los funcionarios de turno mientras los acusaba de haber llamado al 911 haciendo la denuncia a las 9:07 con el teléfono en la mano, para que luego el 911 de inmediato imprima unas hojas con el listado de llamadas recibidas demostrando que nadie llamó nunca a esa hora... Y eso es al menos patético e infantil, porque la verdad se sabrá en muy poco tiempo, y si el 911 ocultó o borró del registro esas llamadas que hicieron al menos tres vecinos del lugar veinte larguísimos minutos antes de la tragedia a la vez que Litoral Gas hubiera sido más expeditivo a la hora de entregar el servicio como corresponde, lo más probable es que Florencia, Hugo, María Esther, Carlos, Adriana, María Emilia, Estefanía, Domingo, Roberto y Teresita ahora estuvieran vivos. Y Santiago, Federico, Soledad, Debora, Maximiliano (ambos), Luisina, Juan, Lidia y Ana estarían donde deben y no perdidos en la ciudad por el aturdimiento del shock o tapados por los escombros sin que podamos saber cuál es su condición hasta no lograr retirar cada uno de los ladrillos y bloques de cemento que, como si se tratara de un inmenso hojaldre de concreto, los oculta de nuestra vista con recelo y egoísmo.

Y ¿la verdad? Es tan terrible lo que pasó, es tan inabarcable la dimensión de esta inmensa tragedia que nos marcó para siempre que no tengo palabras para esta queja. Estoy destrozado. 

Espero que aquellos que aún no han sido encontrados estén vivos. Espero que los damnificados de esta improbable tragedia consigan recomponer sus vidas, y espero sobre todo que no tengamos que volver a “atar con alambre” alguna cuestión tan peligrosa como es el suministro de gas, o de luz. Y que las compañías que proveen estos servicios entiendan que hay cosas que no pueden esperar, y que deberían poder resolverse con rapidez en lugar de obligar al cliente a buscar otra solución.

lunes, 15 de abril de 2013

Plata Dulce





Cuando Leonardo Fariña apareció hace un par de años de la nada misma refregándonos a todos en la cara sus inexplicables posesiones, debo admitir que me dio bronca. Pero no la que usted piensa, que seguro supone que sentí “envidia” o algo de eso, no. Bronca. Bronca porque ni bien apareció, de ningún lado y en un Ferrari negro pidiéndole matrimonio a Karina Olga, me dije: “este debe tener algo que ver con las matufias del gobierno”. Y ¿por qué pensé de inmediato en esa única opción? Porque, como pasa siempre en nuestro país, cuando un tipo de golpe es multimillonario sin posibilidad alguna de demostrar sus fastuosos ingresos y no sólo no va preso sino que, por el contrario, continúa refregándonos en la cara sus viajes, sus relojes, sus autos, sus pisos en Madero y sus excesos desmedidos, es porque ése tipo lava plata del gobierno.

Pasó siempre. Viene de la época del hermano de Evita, se hizo una película con eso. Juancito Duarte terminó muerto de dudosa manera por exponerse como lo hace hoy Fariña.



En la época de Menem también pasó. Y pasó mucho. Con varios. Con Lourdes Di Natale, por ejemplo, cuando se vio excluida de golpe en la habitual repartija y vomitó todo, despechada, dejando a Emir Yoma en clarísimo off-side. Pobre Lourdes, no lo soportó y terminó suicidándose tirándose de un décimo piso justo cuando faltaba poco para que declarase encontra de su ex jefe. Incluso parece que, una vez lanzada al vacío, se arrepintió de suicidarse porque quedaron cables arrancados de donde intentó tomarse, y sus uñas marcadas en la pared, como quien intenta desesperado no perder la vida. Contradicción.



Y apenas Néstor comenzó con su gobierno, de inmediato aparecieron los que ponían la cara: Lázaro Báez y Cristóbal López, seguidos muy de atrás y con desparpajo por un impresentable Rudy Ulloa que, desde que la etapa K existe, sabemos que son los testaferros señalados de Néstor y Cristina.




Y todos sabemos –por supuesto que no tenemos pruebas, como bien solicitan todo el tiempo los amantes de este gobierno- que Lázaro Báez salió de la nada, de adentro de un Banco donde Néstor depositaba de joven en su cuenta de abogado. Como sabemos que Rudy Ulloa fue el chofer de Néstor o como que Cristóbal López era un transportista de petróleo muy amigo de Néstor y su hermana, que de golpe construyó casinos por toda la Argentina. Lo sabemos. Porque no somos idiotas, porque tenemos el mismo cerebro, las mismas dos manos y el mismo par de piernas que ellos y vivimos en el mismo país. Y tenemos la edad suficiente para saber, sin lugar a debate alguno, que nadie puede hacerse millonario de esa manera viniendo de donde vienen generalmente este tipo de personajes siniestros, de la nada misma. Lo sabemos.

Ni bien Menem dejó el gobierno, se corría el rumor de que había acumulado más de diez mil millones de dólares entre coimas y tranfugueadas diversas con sus testaferros a cargo de las matufias. Se decía incluso que la suma total recolectada eran 20 mil millones. Que diez mil se había quedado Menem y diez mil se repartieron entre sus cinco o seis colaboradores y amigos más cercanos. Sin hablar por supuesto del resto, de los que vienen inmediatamente por debajo. Por lo que, si esto fuese cierto y por cómo se estructura la pirámide de poder en estos casos, estaríamos hablando de que en la época de Menem se repartieron por lo menos entre 50.000 y 100.000 millones de dólares entre favores, licitaciones adjudicadas engordadas y sin trasparencia alguna, coimas, trueques, pitos, flautas. Porque como bien dice Leonardo Fariña en la entrevista a cámara oculta que le ofreció a Jorge Lanata, nosotros, los que estamos afuera, no tenemos “dimensión” de la estructura que arman los presidentes en el poder para poder hacer de las suyas. Cualquiera que se pusiera a pensar en serio en lo que planteo se daría cuenta de que no exagero. Si aquel que está sentado arriba en la pirámide se lleva diez mil millones y los cinco o seis que están inmediatamente debajo se llevan otros diez mil millones, imagínense cuántos Leonardo Fariña habrá en el camino hacia la base de la pirámide, que aceitan y disfrazan y licúan y transforman y llevan y camuflan y aparentan y dan vuelta y acomodan y tergiversan millones y millones y millones de dólares para que, finalmente, el de arriba de todo y luego de 10 años de gobierno, pueda irse a la cama con la tranquilidad de haber recaudado diez mil millones de dólares vaya uno a saber –y esto jamás lo entenderé- para qué carajo.




Por eso me dio tanta indignación cuando Cristina, tiempo atrás, señaló muy patriótica que haría caso a las palabras de Víctor Hugo, que le había recomendado por radio a los políticos que pasaran a pesos sus ahorros en dólares, para pregonar con el ejemplo. Porque realmente solo un necio obsecuente y ciego habrá visto esa acción como patriótica u honesta o revolucionaria. Porque dan asco. Da asco Cristina. Da asco Menem. Da asco Néstor. Porque al menos Menem, y esto lo digo siempre, fue un cara dura importante que se pasó por las pelotas lo que pasaba con su pueblo y su gobierno, y solo le interesó por siempre su patrimonio personal. Pero siempre lo demostró con sus gestos y acciones, de frente manteca. Menem fue un cara dura y se comportó como tal.

Y ahí es donde el matrimonio Kirchner hace la gran diferencia, por lejos y quedando por siempre en nuestras memorias. Porque se manejan de esa manera vil, haciéndoles ver a un segmento joven de la sociedad que son gobernantes que no dormirán hasta que el último niño quede al resguardo, o que se quedarán pelados de tanto luchar contra los monopolios, las corporaciones y los egoístas ricachones del campo mientras lo único que hacen, desde que se sentaron en el trono, es acumular dinero “por kilo”, como hiciere cualquier otro gobierno corrupto que dejare al país en el estado que lo dejó mientras de vez en cuando hacen "una bien", en claro jueguito para la hinchada.

Entonces volvamos, volvamos a foja cero y continuemos con esta nueva historia que nos cuenta Jorge Lanata.

Un “joven empresario”, como le decían en las revistas del corazón, a bordo de un Ferrari negro se casó con Karina Olga Jelinek y nadie sabía de dónde había salido ni por qué tenía la plata que tenía hasta que al torpe jovencito se le terminó la joda o se le acabó la plata o se peleó con quién le suministraba el suculento buen pasar o lo que coño haya sucedido. Como con Juancito Duarte. Como con Lourdes Di Natale. Y se enojó. Porque estas cosas revientan en un segundo. Y se despachó, envalentonado y sin saber que tiene los minutos contados. Y aún no sabe que lo mejor hubiese sido recluirse en un pueblo perdido del norte de la frontera con Bolivia y desparecer de la faz de la tierra con los pocos dólares que pudiere no haber mal gastado. Pero ya sabemos por lo que vimos anoche que no es el caso de Leonardo Fariña, que salió hecho una fiera a vomitar todos los chanchullos que Lázaro Báez le había encargado cuando a éste se le terminó el negocio con el anterior Fariña, vaya a saber por qué motivo.

Y ahí están ellos. Todos escrachados. Todos con los minutos contados. Todos con diarrea, con acidez y con presión alta. Escondidos en sus mansiones con el panic-attack incinerándoles el pecho y la adrenalina arruinándoles la ropa.

Y acá estamos nosotros, con una crisis económica pocas veces vista, donde la clase media está desapareciendo mientras Ernesto, el dueño del galpón donde guardo mi auto, puso un papelito al lado de la ventana aclarando que a partir de este mes aquel que no pagare del 1 al 10 el alquiler de la cochera deberá abonar $10 por día de retraso, porque mucho más de la mitad de sus clientes no le pagan la cochera a término porque no tienen los $600 que Ernesto cobra por el servicio. Mientras mañana tendré que ir a mi Obra Social a reingresarme, porque estuve cuatro meses sin poder pagar la cuota y me dieron de baja hasta que mi mujer hizo un plan de pago con su tarjeta para que no me quedara sin cobertura. Mientras no podemos más que pagar el alimento, olvidándonos, hasta que este gobierno termine, de comprar ropa, por ejemplo.

Ojalá que Leonardo Fariña no aparezca muerto en la vereda del edificio donde vive porque se lanzó al vacío como Lourdes Di Natale, así podemos terminar con esta investigación, que seguro necesitará confirmar sus dichos delante de un juez.

Ojalá que Lázaro Báez pague todas sus deudas con el fisco y vaya preso por los 9 años que debe.

Ojalá que Cristina, en caso de confirmarse todo esto, renuncie y se presente ante la justicia como una ciudadana más, pero no creo. Cristina seguirá en su ardid indecoroso por destrozar todo y acaparar todo lo que pueda a su paso, de la misma manera en que Menem lo hizo, solo que con la hipocresía de mostrar otra cosa.

jueves, 7 de marzo de 2013

Mi planta de limones tardíos






Tengo 40 años y hace de los 17 que trabajo. Terminé quinto año en una escuela técnica de a la vuelta del laburo y ese primer año trabajaba de uniforme escolar, así que comencé a laburar meses antes de terminar el secundario. Igual, en ese primer laburo no me fue bien, era muy pendejo y me la pasaba tocando la guitarra e invitando amigos con quien poder hablar al pedo y ¿la verdad?, no tenía puta idea de qué quería de mi vida, había visto una oportunidad, detestaba estudiar y lo mejor era empezar a laburar, como sea. Para colmo, aun no lo sabía en aquella época, debería esperar hasta cumplir 32 años para entender qué quería de mi vida, patear el tablero y ponerle los puntos sobre las íes a todo el mundo, pero no me quejo. Hay quienes lo descubren antes, hay quienes lo avistan después. Y hay quienes no lo ven nunca y mueren sin saber qué hubieran querido hacer con sus vidas.

Y en todos estos años de trabajo hice de todo, desde vender cañitos de cortina de baño y chapas fraccionadas hasta repartir mercaderías como viajante por el interior del país. Y el país tuvo todos los matices que pudo, con inflación, sin ella, con el dólar estancado en un peso. Con las privatizaciones. Con el corralito.  Con Alfonsín. Con Menem. Con De la Rúa. Con Duhalde. Con Néstor. Con Cristina.

Al comienzo del gobierno de Menem, esa época que veíamos dorada y que no vislumbrábamos, estúpidos o sedados, el negro descenlace futuro, mi labor era llevar chapas de aluminio, de dos a tres veces por semana, a los carroceros de colectivos de larga distancia, que estaban diseminados a las afueras de Rosario, generalmente enclavados en Villa Gobernador Gálvez, y que empleaban a miles de operarios que luego llevaban el sustento a sus familias y todos contentos. Villa Gobernador Gálvez vivía gracias a estas grandes fábricas de colectivos de larga distancia.

Y ese laburo me encantaba, siempre me gustó andar por la calle. Cargar la chata con las chapas y saber que tendría por delante al menos 3 horas para ir y venir escuchando música en lugar de estar en la oficina preparando pedidos o atendiendo el teléfono. Era genial.

Pero lo que más me gustaba era llegar a estas enormes empresas, que tenían barrera y garito de seguridad. No podía pasar cualquier boludo. Te tenías que anunciar en la entrada, como en las películas. Y un guardia te abría si ya te junaba, o preguntaba por interno si tenías o no habilitado el paso. Y yo me sentía re importante llegando con la F-100 y que los guardias me abrieran la barrera sin siquiera hacerme frenar el paso, saludándome con alegría.

Y pasar la barrera y manejar por las callecitas internas del predio, flanqueado por masivos galpones infestados de tipos que iban de acá para allá con auriculares de protección y esos zapatotes de punta de acero, todos disfrazados de porteros. O los Clarks, que iban y venían meta “píii-piíii” avisando la reversa. Las cargadas de los operarios al verme pasar, que me gritaban, saludándome con una mano en alto: “¡Juan, ¿con qué mano me hacés la paja?!” siempre el mismo chiste boludo. Y siempre nos reíamos.

Después descargar las chapas, hacernos leves cortes en los dedos con el filo sin darnos cuenta hasta que el jabón arenoso nos develaba el secreto por el dolor y el ardor que nos produciría al meterse dentro de los tajos.

Ir a las oficinas de “Compras”, charlar con la telefonista, con quien teníamos toda la onda y esperar junto a otros proveedores que nos atendiera el “gerente de compras” o, en su defecto, el “sub-gerente de compras”. Ser recibidos y que el tipo nos preguntara si queríamos tomar algo y después llamar al mozo por intercomunicador. Y cuando venía el mozo…, ¡vestido de mozo!, ¡y con bandeja!, era genial. Qué época genial. Cuánto trabajo que había… Increíble.

Después todo se fue a la mierda. Menem dejó entrar al mercado los colectivos brasileños, los Marcopolo, y las empresas argentinas se fueron cayendo como en un gigantesco dominó, de golpe. Y en un ratito. Creo que no fue más de un año. Aquello que funcionaba a la perfección desde hacía medio siglo y que mantenía aceitado el ritmo de vida de miles de personas, a la mierda con una firma y una coima. Cientos de trabajadores a la calle. Decenas de proveedores prendidos de deudas incobrables. Peces gordos de pronto insolventes y rajados al exterior. Vacío. Silencio. Sorpresa. Muerte.

Aunque no tuvo el problema de otros proveedores, mi padre nunca se recuperó de la estocada. Si hay algo que hizo bien en su vida fue, esa única vez, saber correrse a tiempo. No sé cómo fue que lo advirtió, porque no es una persona muy advertidora que digamos, más bien es medio tiro al aire, medio inconsciente para los negocios. Así que ésta no lo agarró. Después lo agarrarían otras, las más importantes: la falta de comprensión de que la vida no sería la misma y la testaruda decisión de mantener un estilo de vida que se había escurrido entre los dedos el día del fatidico y anunciado derrumbe para no volver nunca más.

Pero al menos no quedó prendido. Hubo otros proveedores que sí quedaron pegados. Y quedar pegados de una deuda de una empresa fabricante de colectivos de larga distancia era hablar de tener un cheque sin fondos por un importe con seis ceros… Así que no sólo cerraron las fábricas de colectivos, también cerraron muchos comercios que proveían materiales. Hubo un caso, por ejemplo, del que no voy a dar el nombre pero era una empresa muy pero muy grande, vieja y respetada de Rosario, que tenía tres socios. El accionista mayoritario, terminó vendiendo fraccionado aquello que vendía por toneladas en un localcito un poco más grande que un maxi-kiosco con uno sólo -el más leal- de las decenas de empleados que tenía cuando, meses atrás, para entrar a su despacho había que anunciarse en portería y atravesar dos secretarias y un contador. El segundo socio en importancia terminó yéndose a Entre Ríos, a hacer changas como electricista. Viajaba una vez cada tanto a Rosario en colectivos de larga distancia Marcopolo para ver a los hijos, ya que la hecatombe asesinó su matrimonio. El tercer socio terminó de peón de albañil. Nunca más supe de él.

Y el mismo destino alcanzó a los deudores. Aún recuerdo a los dueños de las fábricas de colectivos, tipos que tenían chofer y que quizás, si había viento a favor, algún día podría ocurrir que se cruzaran en nuestro camino por algún pasillo para luego tener la anécdota, para contar que los habíamos visto. O junarlos de lejos, inabordables, en alguna fiesta de fin de año organizada por su empresa. Eran tipos intocables.

Eran, ya no más.

Uno de los más grandes alquiló un galpón en donde, por los siguientes veinte años y hasta la actualidad, metería con mucho cuidado y haciendo fuerza un solo colectivo por vez y, contratando cuatro operarios, se pondría a reparar bondis siniestrados, chocados en ruta o con algún problema serio de carrocería. Todavía sigue haciendo lo mismo. Y, como dije antes, de esto ya pasaron veinte años. 

Otro se murió, ni sé en qué condiciones, ya le había perdido el rastro hacía rato.

Y después está la empresa más grande, con la que teníamos la mejor onda, la que una vez que hubo una inundación nos pidió prestado nuestro local (que era enorme al pedo) para guardar algunos chásis cero kilómetro aun no utilizados hasta que en Villa gobernador Gálvez bajase el agua. Y un día vinieron a estacionarlos al negocio, entraron siete, creo. Ya no recuerdo.

Ésta empresa era de un hombre grande que tenía dos hijos, y que murió unos años antes de la debacle. El varón, ingeniero industrial y próspero mandamás de la compañía recién heredada, terminó yéndose a dar clases a una universidad en España. Ahora tiene un bar allá, y no va a volver. Está separado. Su hermana, la otra heredera, sigue en Rosario y su marido, ex “gerente de compras” de la importante compañía de su suegro, fue bajando de niveles como en un juego dificilísimo hasta la actualidad, en que el otro día apareció por mi taller en una moto Gilera bastante vieja, berreta y desvencijada, para preguntarme si yo podía arreglarle unas ventanas de un vagón de tren que había enganchado para reparar como changa, en sociedad con otro ex pez gordo del rubro, también venido a menos que menos que menos.

Traía una mochila, como si fuese un chico cuando es un hombre de cincuenta y pico de años, y al pasar por el limonero que tengo en el jardincito de la entrada al galpón, se quedó sorprendido, no imaginaba que tuviera una planta tan grande de limones. Luego hablamos del mísero trabajo que le tenía que hacer y se fue, preguntándome cuánto le faltaban a los limones para estar maduros. Yo miré los frutos y no supe contestarle, porque cuando da, da una barbaridad, tenés que salir a regalar porque larga como quinientos todos juntos, pero por ahí se demora, tiene las ramas llenas de limones pero siguen verdes y no amarillean rápido.

De esa vez al día de hoy pasaron solo dos meses, y el ex “gerente de compras” y yerno del pez gordo más grande del rubro “fábricas de ómnibus de larga distancia” que había en Rosario, que diera trabajo a cientos de operarios y que en su época de esplendor hacía entre 40 y 50 colectivos por mes ya pasó tres veces con la moto y la mochilita, pero no para traerme más trabajos, no. Pasaba para ver de llevarse algunos limones.

Y aún no se pueden arrancar. Siguen verdes.

Igual, él no tiene apuro. No tiene mucho que hacer, así que seguirá pasando una vez por semana. Quién sabe un día se pueda llevar unos cuantos.