martes, 7 de agosto de 2012

Cinco con veinte. Segunda parte.




El domingo pasado me levanté temprano, como siempre. Las perras empiezan a romper las guindas con salir a pasear a la misma hora que los días de semana, no tienen muy claro eso del domingo, del miércoles o del sábado… Así que salí con el auto, en busca de parque, caminata, perras sueltas y nafta. Debía cargar nafta si pretendía encarar la semana, que asomaba inmediatamente después de la última curva de ese domingo que recién arrancaba.

Eran las nueve de la mañana, y lo primero que intenté hacer fue cargar nafta, así ya me sacaba el problema de encima. Era lo mejor, cargar nafta, ir a la panadería y después ir al parque. Pero cuando doblé en Mitre y vi la cola de autos de más de media cuadra estacionados en el carril rápido con las balizas puestas no lo pude creer. Y no lo pude creer porque en verdad me había agarrado con la guardia baja. Jamás hubiera imaginado que tendría que esperar tanto por nafta si era domingo y eran las 9 de la mañana y el problema con Repsol ya hacía muchos meses que se había resuelto. Así que me estacioné detrás de un sandero gris y esperé mi turno.

Y mucho tiempo después logré acceder a mi turno, temeroso de no conseguir nafta súper, porque cuando hay esas largas colas, por algo es. Pero no, no había problemas. No “había habido” nafta durante dos días, pero el problema se acababa de resolver y por eso el tumulto. Había todas las naftas. Lo que sí, un poco caras. El litro de nafta súper lo pagué $ 6.42 en lugar de los patriotas y populares $5,20 que debería haber pagado en la nueva YPF expropiada.

Y ¿la verdad? Me enojé un montón.

Porque $6.42 es un 24% más caro que los $5.20 que obligaban a vender “el crudo para el pueblo” que nuestro amigo de pulcras patillas y mirada cerrada en un punto fijo que generalmente hace memorables y patrióticos discursos en camisa abierta, Axel Kicillof, debería haberme cobrado por el precio de mí súper si finalmente logró expropiar la compañía de manos de esos turros, capitalistas y psicópatas gallegos que no estaban haciendo las cosas bien y que por eso había que hacer largas colas para no conseguir súper a $5,20 como manifesté en la primera parte de este editorial.

Y yo me acuerdo de los aplausos, si incluso aplaudí yo también, envalentonado y con sed de venganza. Me acuerdo de su camisa blanca abierta, me acuerdo de sus denuncias sobre sus justos reclamos a Brufau para que haga los deberes que el terco gallego no hacía y entonces por eso le quitaba YPF mientras le espetaba, demasiado campechano y populista: “¿Qué estuviste haciendo, Brufau? (Aplausos, aplausos).


Me dio una gran alegría ver cómo esos ladinos soretes se quedaban sin la empresa que no brindaba los servicios que debía y que se llevaba todas las ganancias a la madre patria mientras pelotudos del montón, o sea, nosotros, pagábamos el pato de las locuras menemistas.

Pero es todo un chiste. Es todo una farsa. Es todo una joda.

YPF sigue siendo la misma mierda que era hace unos meses atrás, sigue con los exactos mismos problemas mientras Brufau ya no pide a gritos que le devuelvan la compañía al tiempo en que ve, con gran resentimiento y “por TV” cómo otros se quedan con la torta comportándose igual que él.

La clase media en general, está siendo sistemáticamente aniquilada por este gobierno pseudo populista que nos gobierna, al cual le puse todas las fichas en diciembre pasado por no contar con nadie lógico que lo supere y por haber estado de acuerdo con muchas de sus acciones.

Pero es todo un chiste. Es todo una farsa. Es todo una joda.

Porque mientras Cristina Fernández de Kirchner se llena la boca de inclusión social alimentando un obsceno y explosivo aparato político que excede en tamaño a cualquier época que haya vivido nuestro pueblo a la vez que denuncia al campo y lo exprime, los que pagamos el pato somos nosotros. La clase media.

La clase media, ese segmento de la sociedad que se puede comprar un auto cada diez años; que se puede ir de vacaciones de vez en cuando; que puede, al menos una vez en la vida y si hace un gran sacrificio, comprarse una casa; y que trabaja, paga cuotas y vive gracias al movimiento que el campo da en el país.

El campo tiene mucha plata. Eso ya lo sabemos. Cualquier chacarero que hoy es dueño de 400 hectáreas es un tipo que tiene mucha guita. Muchísima.

El campo se hizo odiar, comprándose departamentos como quien compra zapatillas o cambiando la súper camionetota de lujo cada 6 meses, pero el campo sigue haciendo lo mismo, sigue comprándose todo lo que no le hace falta. Y el que paga las consecuencias de todas las últimas reacciones del gobierno es la clase media. Porque, por si no lo sabés, Cristina, el campo tiene resto. Puede esperar. Puede esperar cinco años. Diez. Puede esperar toda la vida, porque el campo tiene millones de dólares guardados. La clase media no los tiene, ¿no pensaste en eso?

Si vos, Cristina, me dieras a mí un millón de dólares, solo un millón de dólares, no me digas que no los tenés, sacalos como venís haciendo del Ansés, antes la plata del Ansés se la metían en el bolsillo Clarín y Constantini, uno para seguir engrosando su imperio y el otro para viajar a punta, hacerse fotos en la revista Caras, comprar torres en puerto madero, cuadros de la bigotuda Frida Kahlo y construir mega emprendimientos como Nordelta y ese tipo de inversiones personales. Y ahora la plata del Ansés la usas vos con fines igual de perversos, alimentando ese aparato político que es La Cámpora, que es tan detestable.

Entonces vuelvo, si vos me dieras un millón de dólares y de inmediato me pusieras mil trabas para hacer lo que sea con ese dinero (comprar una casa o irme de vacaciones o cambiar el auto porque de lo contrario deberé soportar el peso de todos los nuevos impuestos populares e inclusivos que con tantos bombos y platillos vivís enunciando), yo esperaría. Agarraría ese millón de dólares y lo iría cambiando muy pero muy de a poco, y viviría una muy cómoda vida en “stand-by” mirando por TV como se destruye el país y como se cagan a cachetazos entre todos, que es lo que precisamente en este momento están haciendo aquellos que tienen la plata guardada, que son los que hacen que el país se mueva y que son los malnacidos y desagradecidos ventajeros que siempre paran todo hasta nuevo aviso, víctimas de un severo ataque de egoísmo.

Con 1 millón de dólares, una persona puede vivir 40 meses gastando veinticinco mil dólares por mes.

Con 1 millón de dólares, una persona puede vivir 100 meses gastando solo diez mil dólares por mes.

100 meses son 8 años y medio.

Mi condición de ciudadano de clase media hace que no pueda imaginar el estilo de vida que llevaría si pudiera gastar diez mil dólares por mes durante 8 años y medio.

Entonces me pregunto: Si yo, que soy un simple gil de cuarta que jamás entró en una universidad, que soy un simple pelotudo de clase media que lo único que hace es intentar subir escalones que cada vez son menos “escalables”, que hace mucho, mucho tiempo que no puede siquiera comprarse un par de zapatillas sin tener después que lamentarlo por varios meses, y que lo único que hace con la poquísima plata que le entra es pagar impuestos atrasados; se da cuenta de esto, ¿qué debería quedarle a aquellos que gobiernan el país?

¿Vos en serio suponés que todo esto que estás haciendo nadie se da cuenta de que es mentira?

¿Vos realmente creés que nadie se dio cuenta que “la ayuda” que el otro día le mandaste a Scioli en realidad está encubierta de una condición terrible que le pusiste que ya se sabrá en breve?

¿Qué estás haciendo con tus nuevos 4 años de mandato, Cristina?

¿Vos suponés que el campo se va a cansar de guardar la plata en el colchón y que va a salir desesperado a moverla? 

¿Tenés una noción del tiempo que se necesita en stand-by para gastar diez millones de dólares?

¿Sabés cuántas veces desaparece de la faz de la tierra un ser de clase media mientras un rico no invierte en el mercado diez millones de dólares?

¿Vos y Víctor Hugo realmente creen que esa pesificación de 3 millones de dólares que hiciste cayó bien vista entre la gente de clase media?

¿Realmente suponés que nosotros, la clase media, no sabemos que tenés muchísimos más millones de dólares que los que pesificaste, al punto de compararse con la nada misma?

¿Cómo imaginás el 2013 en estas circunstancias que estás planteando?

¿Cuánto suponés que aguanta la clase media en estas condiciones?

Hace dos años que estoy trabajando al 40% de lo normal y el costo de vida se duplicó.

Hace un año entero que ya no sé de qué disfrazarme.

Y mientras no encuentro el disfraz te escucho, lo escucho a Víctor Hugo, lo escucho a Biolcatti. Lo escucho a Kicillof. Lo escucho a Randazzo y a Abal Medina, que es el ser que más gracia me da del mundo entero. 



















Y nada cambia. Y todo sigue igual.

Y mientras todo esto ocurre, pago la nafta $ 6,40, pago impuestos el doble de caros que hace un año y compro comida, que es para lo único que me alcanza la plata desde hace más de un año.

Tenés que entender que no creo una sola palabra de lo que está sucediendo.

Sabé que no confío en vos y que extraño con gran nostalgia la época de tu marido, que era un tipo que no me gustaba pero que al menos llevaba al país como corresponde.

Esto que estás haciendo vos es un mamarracho absurdo que no conduce a ningún lado.

Bah, sí que conduce, conduce al estallido social, que llegará en algún momento, cuando la clase media no pueda seguir bancando económicamente a la clase baja y todo el mundo se cague bien a piedrazos en las calles mientras vos y Biolcatti lo miran por tv, sentados en mullido sillón de estilo francés.

miércoles, 27 de junio de 2012

Dilemas de la vida religiosa



Es Domingo. Son las 8:30 de la mañana y Pilún, la nueva cachorrita que integra la familia, se despertó realmente hincha pelotas, jode a la madre, se come el cactus, ladra, corre, se golpea. Es ineludible la levantada de la cama. Ya no hay vuelta atrás. Así que, derrotado y agitando una banderita blanca, me levanto, me cambio y me llevo a las perras al parque. Voy por Pte Roca, o Pocho Lepratti, como más le guste, rumbo al Parque de las Colectividades.

Cuando llego a la iglesia del colegio San José, una pareja bastante mayor y excesivamente emperifollada estaciona su nuevo y reluciente autazo de clase alta en la puerta de la iglesia y, aprovechando la media hora que dura la misa, le da el “visto bueno” a un señor de condición muy pero muy humilde para que, mientras ellos creen un rato en Dios, éste les lave el auto.

Y no puedo conmigo, y me pregunto:

¿A qué va la gente a misa?

¿Qué tiene de “bondadoso” el acto de permitirle a una persona con sus necesidades básicas desahuciadas que te lave el lujoso auto de tu condición de tipo con sus necesidades básicas tan pero tan satisfechas que te podés dar el lujo de comprarte ese auto?

¿El señor de clase alta supondrá que Dios le va a ubicar una linda parcela en la nube 714 por permitirle al pobre ganarse unos mangos lavándole el auto?

¿Qué humillación violenta debe soportar un humilde para darse cuenta de que lo están cagando?

¿Por qué la gente humilde se atiborra en las puertas de las iglesias pidiendo “caridad”?

¿Por qué las iglesias no colaboran con estos pobres que piden en sus puertas y hacen como que no están ahí arrinconándolos en el piso mientras estos, con una mano extendida, piden unas monedas sobrantes de los bolsillos de los feligreses?

Al comienzo de mi vida no le prestaba atención a esas cosas, y por eso iba a misa también, ya que en mi familia todos lo hacían, incluso entre mis 13 y 15 años toqué la guitarra ahí dentro. Pero cuando comencé a sumar dos más dos y empecé a darme cuenta de que los números no me daban y que aquello era una verdadera hipocresía, dejé de ir a misa. Habré tenido 16.

Hace un tiempo acompañé a mi mujer a una iglesia ya que debía dar un concierto y me pidió que la filme, así que no solo tuve que entrar en la capilla (cosa que evito a toda costa) sino que, para peor, tuve que apostarme adelante (quiero mucho a mí mujer).

Y encima, cuando llegué con mis bártulos fílmicos, aún no había terminado la misa, que estaba infestada de feligreses que, de pie y con las manos anudadas en el pubis, escuchaban con atención lo que decía con un micrófono en su temblorosa mano un cura gordo, viejo y verrugoso.

Al principio no prestaba atención a lo que el clérigo decía, pero después comencé a escucharlo, porque no estaba dando misa, la misa ya había terminado. El párroco se quejaba abiertamente de la difícil situación económica que atravesaba la iglesia que él comandaba, y que para poder hacer la inversión de cien mil dólares (sí, cien mil dólares, leyó muy bien) que demandaba la instalación de las nuevas "luminarias exteriores" (...), lamentablemente no quedaba otra opción que recurrir a la bondad y generosidad de los devotos vecinos que aporten su parte. Y el cura, completamente alelado por no entender cómo podía ser que no consiguieran juntar los 100.000 dólares de una vez por todas ya que “ya había pasado un mes y aún no contaban con el total del dinero para la inversión”, retaba a los fieles presentes enojado, fastidioso e intolerante, ejemplificando, con elemental simpleza, como haría él para conseguir recaudar los benditos cien mil dólares con la inocente agilidad de un niño bien alimentado que sabe deducir tontas cuentas matemáticas, de la siguiente manera:

“…Así que no entiendo. No entiendo. Porque es muy sencillo. Solo se necesitan 10 feligreses que consigan 10 amigos que aporten 1.000 dólares cada uno. No es tan complicado. Ahora mismo tiene que haber 10 feligreses que consigan 10 amigos en el recinto, vamos... Hoy, acá en esta misa, debe haber más de 10 personas que tengan 10 amigos que puedan aportar 1.000 dólares cada uno, no me digan que no...
Y después está el otro tema, que hace rato que lo quiero señalar pero que nunca es el momento y hoy lo puedo decir ya que estamos en hablando de esto: ¿Cuánto les cuesta el colectivo para venir a misa? $2,50. Y si vienen en auto, ¿cuánto le dejan al trapito cuida-coches que se los vigila? $5. La nafta, ¿cuánto les sale la nafta para venir a misa? No sé hacer el cálculo, pero seguro que más de $5.
Nosotros no podemos con todo..., acá viene una chica que limpia, viene 4 horas semanales y le pagamos $84. $84 dividido 4 es $21 la hora. Y ustedes, cuando nosotros pasamos el limosnero, solo ponen $2. ¿Qué hago yo con $2? ¡Necesito 10 feligreses que donen $2 para pagar una hora de la chica que limpia!
Sean honestos y reconozcan que no están colaborando como corresponde…
A partir de la semana que viene revean su actitud a la hora de la donación, y durante toda esta semana que comienza busquen amigos que donen mil dólares cada uno. Mil dólares, vamos, que no es tan difícil... Tenemos que invertir en las nuevas luminarias para el exterior de la Iglesia y en un mes sólo recaudamos 68.000 pesos, así que les pido por favor…”.


Yo no podía creer lo que estaba escuchando, ya sobrepasaba todo límite racional. Porque soy muy respetuoso de las creencias religiosas, no me gusta andar diciéndole a este o a aquel que aquello en lo que cree no tiene ni pies ni cabeza, que la iglesia esto o que los curas esto otro. No me gusta, prefiero quedarme en silencio y respetar y soportar el momento. He ido a montones de bautismos. Incluso me he casado por iglesia en mi primer matrimonio porque mi ex mujer así lo requería y no me opuse. Nunca me molestó lo suficiente como para no ingresar en esos nosocomios de poder, pero esto era demasiado, no se podía soportar. No podía ni siquiera intentar entender lo que había escuchado. Y de inmediato me indigné con los feligreses, que seguían ahí, de pie y en silencio, respetuosos de las palabras de ese sectario secretario de Dios, aunque comencé a verlos a la cara y un bálsamo de alegría y tranquilidad inundó mis venas y me refrescó el cerebro: Estaban todos boquiabiertos y alelados. En silencio, sí, pero no por respeto o por estar de acuerdo con las palabras de aquel gordo irreal. Estaban callados porque seguramente no comprendían, como me pasó a mí, lo que habían escuchado. Y se fueron yendo, en silencio y atontados, caminando hacia la salida como los alumnos de la película de Pink Floyd The Wall.

Y yo me quedé adentro, tenía que armar el trípode, tenía que ubicar la cámara en un lugar estratégico y el público, ni bien los pasmados feligreses abandonaron el lugar, comenzó a inundar la iglesia, y luego ingresaron los intérpretes, los músicos y el director. Y todo se demoraba sin aparente motivo. Ya estaba el público presente. Ya estaban los intérpretes. Ya estaba la cámara lista, pero el director de la obra caminaba inquieto en su estrecho lugar, como un padre esperando ansioso el nacimiento de su hijo cuando de pronto, por un costado, aparecieron dos monaguillos cargando un cómodo y acolchonado silloncito dorado con mullidos almohadones en bordeaux oscuro y unas borlas doradas que se mecían en cámara lenta dándose aires de grandeza, y que ubicaron en el pasillo central que atraviesa la Iglesia, adelante de todo y a pocos metros de la espalda del director del coro.

Y por el mismo costado por donde entró el silloncito, finalmente, apareció en silencio y arrastrando sus castigados pies por el imponente sobrepeso, el capellán que hasta hacía un ratito nomás había dejado indignados a unos cuántos con sus desvaríos económicos. Y entró saludando con una mano al público presente como si se tratara de Juan Perón pero con una sonrisa infestada de dientes amarillos, negros y podridos. Y se sentó en el cómodo silloncito, muy cerca mío, mientras yo intentaba acomodar medio culo en la punta de esas ridículas banquetas colectivas para los inferiores feligreses que no merecen estar sentados en un cómodo silloncito con borlas doradas.

Y el cura me miró mientras se acomodaba y me preguntó si la cámara filmaba "Full HD". Y le dije que sí, asintiendo con la cabeza sin emitir sonido. Y comenzó el recital. Y por la mitad del primer tema, el gordo se durmió. Y roncó suavecito pero constante durante todo el espectáculo.

Y me arruinó la filmación, ya que el micrófono de mi cámara captó sus ronquidos.




Nunca voy a entender por qué la gente va a misa.

Ahora, eso sí, los respeto mucho. Mi abuela Elsa siempre decía: "Cada cual con su cada cuala".

martes, 29 de mayo de 2012

Simpática experiencia dedicada a nuestros jovencitos de hoy.


Entre abril y mayo de 1986, no recuerdo bien la fecha pero fue por ahí porque faltaba poco para que cumpliera 14 años, Sergio “Pichi” Rodríguez, mí mejor amigo desde prescolar, me llevó a la plaza de 1 de Mayo y Mendoza a intentar fumar nuestro primer cigarrillo. Estábamos en segundo año.


Habíamos salido de la escuela y en aquel entonces uno andaba mucho en la calle, si incluso recuerdo que iba solo y en colectivo desde cuarto grado...

Y en los ochentas todo el mundo fumaba, ni siquiera estaba mal visto. Todo el mundo fumaba. Y uno esperaba ansioso cumplir determinada edad para empezar a fumar de una vez por todas, como cuando llegaba el momento de afeitarse, de manejar o de ponerse de novio. Fumar era subir otro escalón hacia la madurez plena, esa que anhelábamos con la ñata contra el vidrio, como dice el tango que cantaba el flaco Rivero.

No me acuerdo qué cigarrillo trajo Pichi para "desvirgarme" pero no era Marlboro. Era uno raro, seguramente robado a su madre. Puede que haya sido un LeMans, pero no estoy seguro. Lo que sí recuerdo como si fuera el día de hoy es que nos sentamos en un cantero de ladrillos que tiene la plaza y Pichi prendió el cigarrillo, le dio una seca y me lo extendió, como diciendo: “Tu turno”.


La sensación que tuve antes de agarrar el faso fue muy fuerte. La adrenalina había conquistado mi cuerpo y me quemaba el pecho, así que lo agarré y me lo encajé con determinación en la boca. Y le di una larga pitada. Y luego aspiré aire para tragar el humo ya que de lo contrario, como ya nos habían advertido miles de veces nuestros compañeros de colegio más grandes: si después de pitar no aspirás una bocanada de aire, el humo no llega a tus pulmones y no estás fumando. Y quedás como un pelotudo. Y no se debe quedar como un pelotudo.

De todas las detestables sensaciones que tuve, la primera que me atacó fue una tos muy fuerte y ,explosiva que lastimó mi garganta con la expulsión inmediata de ese humo que ingresó en mi cuerpo con intenciones de conquista. Y tosí mucho, muchísimo, casi se me salen los pulmones por la boca. Y me mareé bastante, la plaza me empezó a dar vueltas como el Zamba del parque Independencia. Luego me dieron náuseas, casi vomito, me subió el pancho con savora que había comprado en el segundo recreo, se eyectó d emi estómago como un cohete dispuesto a atravesar la estratósfera. Un verdadero asco. A Pichi no le pasó lo mismo ya que hacía unas semanas que fumaba, ya estaba más canchero. Y me explicó que estaba bien todo lo que me pasaba, que era "normal". Que había que adiestrar el cuerpo para fumar, que me iba a llevar unos días y que no iba a alcanzar ni con 10 cigarrillos para que se me pasaran esas asquerosas sensaciones de tos, náuseas y mareos. Que debía fumar muchos cigarrillos para dejar de sentir eso. Que era difícil atravesar la barrera, pero que todo el mundo pasaba por esa etapa de “iniciación”. (Pobre Pichi, no lo ví más y el otro día me enteré que hace unos años murió en un accidente de motos. Lo quería mucho y la vida nos separó. Fue uno de mis grandes amigos de la infancia).

Así que junté fuerzas y coraje y empecé. De a poco. Me animaba a uno por día, demasiado asco me daba fumar para intentarlo dos veces. Ni se me ocurría tres. Eso era imposible. Y siempre fumábamos un cigarrillo a la tarde, después de la escuela, yendo en bicicleta a boludear a algún lado. Nos íbamos bien lejos, con tal que no nos vieran. Y fumábamos en cualquier lado, generalmente en zona sur, por Bulevar Seguí, incluso a veces llegábamos hasta Uriburu.



Una vez iniciado, el gran dilema se interpuso en mi camino: ¿Qué marca fumar para ser visto con respeto? Diego, mí gran amigo de toda la vida que en esa época ya fumaba porque era un año más grande que Pichi y yo, pitaba Parliament, pero todo el mundo decía que el Parliament producía “ceguera” así que ni lo intenté y empecé a fumar Marlboro Box, que es lo que todos fumaban o ansiaban fumar en el '86. El problema era que yo compraba el paquete de Marlobor Box de 20 unidades y antes de entrar en clase se me terminaba, porque todo el colegio me pedía y yo siempre daba, así que me bajaba del colectivo, pasaba por el kiosko, compraba un paquete de 20, y entre las 2 cuadras hasta el colegio y la charla previa en la calle con mis amigos me quedaba sin fasos. O a lo sumo me quedaba uno para fumar encerrado en el baño en algún recreo, así que no era negocio. 

 

    
Entonces me encontré con otro dilema, porque tampoco tenía el sustento económico para bancar tamaño gasto diario. Podía dejar de fumar o cambiar de marca, una menos atractiva al ojo ávido de consumo de mis compañeros de escuela. Pero no quería dejar de fumar, había hecho un sacrificio enorme para llegar ahí, no lo dejaría por nada del mundo. Y cambié a Particulares 30.



Aun me acuerdo cuando llegué a la escuela ese día, como vinieron todos abalanzándose a pedirme fasos. Y también recuerdo los frenazos y las caras de espanto y de sorpresa cuando saqué del bolsillo de mi camisa un reluciente atado de Particulares 30 en lugar de los tentadores Marlboro que siempre convidaba con alegría. Y para colmo todavía no los había probado, el paquete estaba cerrado. Y todos se me cagaron de risa en la cara, preguntándome por qué estúpido motivo había comprado esa porquería, que esos cigarrillos no podían ser más espantosos, que eran cigarros de viejo y bla bla bla. Pero me hice el pelotudo y les mentí, aduciendo que me gustaban y que ya los había probado una vez. Incluso, para que no quedaran dudas, abrí el paquete y me prendí el primer cigarrillo negro de mi vida, el cual incineró mi garganta como si me hubiese tragado una brasa incandescente. Y todos me miraban, esperando ansiosos un estallido que no llegó jamás porque me la banqué firme como rulo de estatua. No sé cómo hice, pero lo soporté. Y me tuve que fumar el paquete entero sin chistar, que me duró como 15 días en lugar de 40 minutos, al final estaba todo arrugado y mojado, incluso lo terminé tirando, eran cigarrillos intratables.

Mis compañeros no me pidieron cigarrillos nunca más y nunca más volví a comprar Marlboro. Pero los Particulares 30, como bien pregona su nombre, eran “particularmente” desagradables, a pesar de que los fumaba mi viejo, no me gustaban para nada. Había conseguido dejar de gastar toda la guita que gastaba pero el costo, paradójicamente, era muy alto.

Así que fui al kiosko y pregunté qué otro cigarrillo negro había, ya que el secreto estaba en fumar negros, había que ser macho para fumar negros, nadie siquiera lo intentaba y ya estaba canchero. El kioskero me miró, con muy poco interés y me ofreció Imparciales 100. O Parisiennes.

  
 
Los Imparciales no me atraían para nada, eran mucho más largos y la forma del paquete sumada al diseño de su logo daban a viejo choto, mientras que en la vereda de enfrente el Parisiennes era hermoso, con la bandera francesa… Era mil veces más canchero fumar Parisiennes que Imparciales. Ya me imaginaba disfrutando un Parisiennes acodado en la baranda de la Torre Eiffel, con una remera rayada blanca y negra, una boina ladeada y una baguette bajo el brazo… Ah, París… La ciudad luz.

Mi primer Parisiennes lo fumé a los 16 años y eran el doble de fuertes que los Particulares. El doble. Cuando aspiré eso por primera vez me reventó la tráquea como si me hubiesen dado una certera toma de karate debajo de la nuez de Adán. Me noqueó. Me dejó tieso, y la sensación más presente que tuve fue la de bronca. Bronca por tener que empezar todo de nuevo. Hacía dos años que venía "iniciándome", hacía dos años que había empezado esta cruzada y cuando ya la tenía me encontré con esto. El Parisienne no tenía nada que hacer al lado de todo lo que había fumado hasta ahora, era como si nunca hubiese pitado un cigarrillo. Había que tener unos huevos así de grandes para fumar ese cigarrillo y ahora no iba a recular, si siempre le di para delante como un toro.

Y mis amigos más grandes me apoyaban en la elección, ya que fumar Parisiennes hace que uno fume mucho menos, porque hay que bancarse un cigarrillo de esos. Y otra cosa que me "beneficiaba" de fumar Parisiennes (qué tierno...) era que “el tabaco negro tiene menos productos nocivos para la salud que el del cigarrillo rubio”.




Y muy de a poco me fui haciendo amigo del Parisienne. Primero fumando uno por día, después dos, tres hasta que llegué a cuatro. Y por mucho tiempo fumé solo cuatro. Años enteros pasaron con esa cantidad. Uno a la mañana, con el café. Otro al mediodía, después de comer. Uno a media tarde, con el café. Y otro a la noche, después de cenar.

Pero con el tiempo agregué uno más a media mañana, uno más a media tarde. Y quizás uno después del último, a la noche, llevando la cifra a 6 u 8 cigarrillos diarios. Cuando salía de noche fumaba el doble, llegaba a 14 o 16 fasos. Pero a la mañana siguiente estaba asqueado, si fumaba más de uno, me descomponía así que los domingos me servían para lavarme la nicotina.

Y después la gente se empezó a morir, aunque en realidad, debo corregir esa frase: Después me “empecé a enterar” que la gente se moría por esa adicción y comencé a fumar con culpa. Aunque tampoco tanta, ojo, tenía 20 años recién cumplidos, ¿quién me iba a tocar el culo? Y todo el mundo hablaba del “vicio”, que una vez que se arraigaba era muy difícil quitar el hábito.

Y en esa época yo viajaba mucho al exterior, por trabajo, generalmente a Europa. Y el que fuma Parisiennes sabe perfectamente que es un cigarrillo hecho en Corrientes, que nada tiene que ver ni con Francia ni con su bandera ni con París ni con la Torre Eiffel ni con las baguettes bajo el brazo ni con las boinas, ni mucho menos con los mimos. Parisiennes es un cigarrillo correntino que no se vende en otro lugar que no sea en nuestro país, no es como el Marlboro,  el Camel o el Lucky Strike, que en todos lados encontrás seguro. Y el problema fundamental del Parisienne es que te hace adicto mucho más rápido que cualquier otra marca, porque es tan pero tan fuerte y distinto al resto que para sentir la sensación de fumar uno de esos tenés que fumarte al menos cuatro de otra marca, y no tiene sentido, se pierde la magia. Así que la primera vez que me fui al exterior no llevé cigarrillos y lo pagué muy caro. Nunca había estado sin fumar mis 8 cigarrillos diarios. Era mi primera vez en muchos años, cinco al menos. Y compré otras marcas pero no hubo caso, no me producían el efecto que lograba el Parisienne, el cual puedo describir de la siguiente manera: dolor “lindo” de garganta y tráquea, fugáz e inmediata borrachera y aflojamiento de piernas. Sensación de relax en el bocho.

Así que de ahí en más cada vez que tuve que viajar al exterior me llevé conmigo un par de cartones de Parisiennes, ¡qué lindo que era comprar cartones! Siempre había visto a mi padre que lo hacía, y siempre había tenido la ilusión de algún día poder comprar un cartón de puchos. ¡Ja!, ¡¿quién me iba a tocar el culo?! Tomá, gil. ¡Me compré un cartón entero!

Y la vida siguió pasando y yo seguí fumando esos 6 u 8 cigarrillos diarios sin darme cuenta que se me habían hecho vicio y que iba a ser muy difícil dejar ese hábito. Y por más que mi madre me dijera que dejara de fumar, que cuando sea más grande lo iba a lamentar porque no iba a poder hacerlo, yo no le daba pelota, aduciendo que si realmente querría, podría dejarlo en ese mismo instante. Que yo solo fumaba por placer y que la adicción la tienen aquellos que fuman uno, dos o tres paquetes diarios.

La primera vez que dejé de fumar fue a los 20 años. Fui a buscar a Ezeiza a una novia que tenía en aquella época y le pedí que me sacara una foto fumando el “último Parisienne”.


Pero duré poco, a los 3 meses estaba fumando de vuelta, me daba bronca no poder fumar porque, increíble o no, en el tiempo que estuve sin fumar desfilaban como una burla frente a mis narices montones de viejitos muy seniles pero fumadores perdidos caminando por la calle. Y cada uno de ellos me demostraba que se podía llegar a esos lejísimos 90 años fumando lo más campante, porque pasa siempre eso: Cuando uno deja de fumar ve gente muy mayor fumando por todos lados, parece a propósito, y quizás lo sea. Así que volví y fumé la cantidad habitual durante otros cinco o seis años hasta que mi ex mujer quedó embarazada de mi primera hija, momento elegido por mí para dejar de fumar definitivamente y de una vez por todas. Hacía años que venía amenazando a mi familia con que cuando fuera a tener un hijo dejaría de fumar para siempre.

Lamentablemente no sabía que una persona ansiosa como yo no debería haber intentado dejar de fumar durante el primer embarazo de su vida, no fue la decisión más acertada del mundo. La ansiedad me volvió loco, literalmente. Loco en serio. Por la falta de nicotina que me aplacaba los nervios, entré en una profunda depresión que me dejó yendo al psicólogo tres veces por semana hasta que éste me derivó a un psiquiatra, quien resumió todos mis insalvables ataques de pánico con una pastillita que me endrogaba y transformaba en una ameba unicelular que se despertaba, defecaba, trabajaba, comía, miraba un toque de televisión y se iba a dormir. Cero sentimientos. Cero sensaciones. Un robot, pero sin calambres estomacales ni ataques de pánico.




El embarazo me pegó así de mal no solo por el desacertado momento que elegí para dejar el faso. Tenía temor a que mi hija naciera con Síndrome de Down ya que en mi familia paterna hubo un caso, Gabriel, y en la época en que mi hija más grande nació, la única forma de saberlo con certeza y de antemano era haciendo un estudio que pusiera en peligro la vida del feto, por lo que no me quedó otra que ser paciente. Y sin fasos, únicos cositos que desde hacía ya 10 largos años me daban paciencia y me aplacaban los nervios.

Finalmente mi hija nació sana: 4,250 kgrs. Un hipopótamo era la loca. Más sana, imposible. Durante esos 9 meses de embarazo bajé 22 kilos, cuando solo tenía 8 demás. Tenía a toda la familia muy perturbada con mi locura. Estaba realmente poseído por esa depresión y no podía dejar de ir al psicólogo con quién, dos años después y hablando sin querer de cualquier pelotudez, salió el tema del cigarrillo que, aunque usted no lo crea, jamás había sido tocado en sesión de terapia. Nunca le había dicho al psicólogo que había dejado de fumar ni mucho menos le había confesado que había tenido una etapa de fumador. Hasta ese momento el tipo no se había enterado de ese detallito, importantísimo a la hora de entender lo que me ocurría.

Y le manifesté, desesperado como alguien que perdió a un ser querido y no logra reponerse, que quizás fuera eso lo que me agobiaba, que yo fumaba poco y que ya no encontraba otro motivo para estar así de desesperado todo el tiempo. El psicólogo, alelado, me preguntó cuántos cigarrillos fumaba y le dije entre 6 y 8 diarios, por lo que me miró como una madre que acaba de ver a su hijo mandarse una cagada muy menor, torció la cara y exclamó, extendiendo indignado sus manos a cada lado del cuerpo: “¡¿Seis cigarrillos?! ¡Haceme el favor de volver a fumar!”.

Y recuerdo que volví esa tarde a casa, era un miércoles y hacía dos años y dos meses que no fumaba. No me animé a comprar en el camino de regreso a casa pero tenía la sensación de haber visto en algún lado un paquete de fasos abandonado (sabía con exactitud donde había un paquete de Gitanes que había quedado en “algún lado”, “algún lado” era el fondo del cajón de los cubiertos del bayout del quincho, detrás de una cajita de madera donde guardaba por las dudas muy poca plata, para un taxi de emergencia o ese tipo de cosas. Estuve 26 meses viendo ese paquete de cigarrrillos en aquel cajón, solo que me hacía el que no recordaba dónde era que o había visto). Y saqué el atado, abrí la reja y me mandé al patio donde Tango, mi ovejero alemán de aquella época, dormía una siesta larga mientras esperaba que llegase la hora de la cena. Y prendí ese cigarrillo con una sensación de derrota que nunca más experimenté en toda mi vida. Había fracasado. El momento en que acerqué el encendedor al faso y le dí chispa fue el instante en que me sentí más prostituta en toda mi existencia, pero por supuesto lo prendí y aspiré mirando el cielo estrellado con la cara reventada de angustia. Y sentí, como un inmediato cachetazo, las exactas sensaciones que anhelaba sentir desde hacía 26 meses. De golpe. Como si jamás hubiera dejado de fumar. Como si hicieran solo un par de horas desde mi último cigarrillo.

Y volví a fumar. Y de aquella vez al 8 de marzo de 2011, dejé de fumar unas veinte veces más, pero ninguna prosperó. Ninguna superó las tres o cuatro semanas. Todos los intentos fueron en vano. Y cuánto más tiempo pasaba y más viejo me ponía, la vida se ponía cada vez más dificultosa y más necesitaba el cigarrillo.

A principios de 2011, luego de haber terminado mi libro y de haber pasado un montón de momentos tensos muy parecidos a un embarazo y a un parto dificultoso y encontrándome con unos amigos en la Feria del Libro firmando ejemplares de Boutique, decidimos ir a comer a algún lugar cercano a la Feria.



Éramos cuatro. Mi novia, Juan y Pía. Ninguno de ellos fumaba. Sólo yo lo hacía. La noche estaba helada y a pesar de que el día había estado templado y agradable, a la noche se puso verdaderamente fresco. Y los alerté, con un dedo índice amenazante, que debíamos encontrar un lugar que tuviera mesas afuera porque con esto de la prohibición que perseguía a los fumadores desde hacía un par de años se nos ponía cada vez más difícil poder disfrutar de nuestro vicio en lugares públicos.


Los tres me miraron un poco indignados, como diciendo: “dejate de joder, hace mucho frío para comer afuera”. Pero el fumador se pasa por los huevos lo que tenga que soportar el resto del mundo. O peor, ni siquiera lo toma en cuenta. Así que me puse de punta con mis amigos, quienes practicamente habían viajado a Buenos Aires solo por ir a visitar el stand donde se presentaba mi libro y los obligué a todos a comer unas horrendas picadas en un bar bastante berreta pero carísimo que tenía mesas afuera en lugar de ir a otro que estaba en frente, mucho más tentador pero sin lugar para fumadores.


Y terminamos de comer y prendí mi Parisienne y me puse a fumar mientras ya medio mamado degustaba una enésima copa de vino. Y no sé por qué, pero de golpe vi a mis amigos frente a mí titiritando de frío con las capuchas de sus buzos cubriéndole las cabezas y sacando una mano de la entrepierna solo un instante para tomar un trago de cerveza o vino y volver a guardarla en aquel lugar calentito.

Y usted se va a reír, porque tantas veces intenté dejar de fumar buscando mil formas diferentes y no consiguiéndolo, pero esa escena fue suficiente para que me cayera la ficha de una vez por todas.

Y dejé de fumar. Volví a Rosario y la tarde del 8 de Mayo de 2011 me quedaba un solo cigarrillo. Me dio mucha bronca porque pretendía fumarlo después de cenar, pero faltaba mucho para eso. Así que resumí la perorata y me lo fumé, parado en el patio, incómodo como el carajo y apurándolo, ya que estaban llegando mis hijas y nunca me gustó fumar delante de ellas.

Y lo fumé como el culo. Rápido. Como si se tratara de un detestable trámite. Y tiré el paquete de Parisiennes 10 en el tacho de basura. Y no fumé nunca más.



Hace un año que no fumo. Y sé que esta vez es para siempre. Aprender a fumar me costó un puñado de horrendas y asquerosas semanas. Dejarlo costó un poco más. Hay muchos puñados de semanas en 26 años, más de 1.300.

Espero que mi experiencia les sirva de ejemplo, y que si tienen 12 años o más, y hace rato que sienten interés por fumar un cigarrillo, sepan que el cigarrillo mata, y que cuando se empieza a fumar no se tiene mucha noción del valor que hay que darle a la vida. 

Y lo otro que tienen que tener en cuenta es que que dejar de fumar es prácticamente imposible.

Y sepan que estoy condenado a cadena perpetua. Que a pesar de que sé que no voy a fumar más, porque esta vez lo siento y no tengo los problemas que tenía en mi juventud. A veces, muy pero muy de vez en cuando, me agarran unas ganas de prenderme un faso… Imposibles de soportar. 

Pero me la banco, sé que tendré que bailar por siempre esta danza macabra por una estúpida decisión tomada a los 14, cuando vivía en un mundo en donde había que subir ese tipo de escalones para ser un hombre.


sábado, 28 de abril de 2012

El vicepresidente rockero

Hay un tema del que aun no quería hablar, ya que la justicia continúa “investigando” y prefería esperar a que ésta se expida, que sería lo más correcto, pero ya no puedo evitarlo. Sobre todo ahora, que estamos a full con otro tema bien popular (YPF) que le aseguro que no será, como pasa siempre en este país, lo que usted supone, pero que no debe opacar o cajonear el otro asunto (Boudou), porque me tiene bastante preocupado. Aunque no sé si “preocupado” es la palabra exacta que describe mi condición. Indignado me gusta más, aunque tampoco representa lo que verdaderamente siento desde hace unos meses con el tema. Encolerizado también iría, porque siento eso, me siento encolerizado. O, para ponerlo justo en donde realmente debería estar, tengo una “encolerizada e indignante preocupación” que no me puedo sacar de la cabeza, porque hace ya un par de meses que estamos con esto de que si Boudou es amigo íntimo desde su primera niñez con Alejandro Vandenbroele y que por eso lo nombró testaferro suyo para que haga y deshaga a su gusto en la célebre compañía fundida a propósito y rescatada por dos mangos llamada “Ciccone Calcográfica” para el espléndido negocio del que nos hicieron esclavos, que era el de renovar el DNI. Y para imprimir billetes de cien pesos a lo pavote sin la obligatoria frase que asegure que no debemos preocuparnos ya que estos, los billetes, son “convertibles de curso legal” (en este momento tengo 1000 mangos en la billetera, de los 10 billetes solo 1 dice eso, los otros valen lo mismo que los Patacones o los Lecop, créame).


Y le pegan a Amado, y le pegan a Alejandro, y los investigan, y no encuentran la puta foto de Amadito y Alejandrito, abrazados y carasucias en algún campamento de colonia de vacaciones en la hipotética época en que lo único que los unía era una fuerte e inquebrantable amistad, requisito indispensable que se necesita para ser testaferro de alguien.


Y siempre pensé en ponerme en el lugar de Amado e imaginarme corrupto y ¿a quién pondría de testaferro en caso de necesitar que alguien ponga la cara por mí? (siempre considerando que soy un corrupto hijo de mi madre que me importa un carajo “el modelo” y soy un caradura importante, sepan que si algún día me tocare ser vicepresidente de la Nación no imagino tener tiempo para buscar matufias que me favorezcan sino que estaría las veinticuatro horas desviviéndome por mi pueblo, pero pongamos que uno fuera un hijo de puta que no le importare un carajo de nada y que quisiere aprovechar ese momento mágico que le tocó de rebote para acaparar todo el dinero posible). Y tengo dos amigos a los que pondría de testaferros, y solo dos: Germán y Diego.


Tanto Germán, como Diego o como yo, tenemos montones de fotos que nos comprometen del pasado, montones. Y si nos pusiéramos de acuerdo y quemáramos todas esas fotos tampoco estaríamos a salvo, ya que debe haber al menos veinte amigos en común que deben tener fotos nuestras de cumpleaños o de jodas o de peñas o de asados. Porque uno no anda desde los 15 años evitando sacarse fotos con sus mejores dos amigos por las dudas que en el futuro le toque ser vicepresidente de la Nación y quiera entongarse y robar plata para hacer dulce sin ser descubierto. En ese aspecto es imposible. Si al día de la fecha no apareció la foto de Boudou abrazado con Vandenbroele con una corbata anudada en la frente y completamente borrachos es porque Vandenbroele y Boudou no se conocen de chicos. Punto final a ese tema, por favor lo pido.



Porque hay otras cuestiones que debo señalar en este editorial en donde por fin voy a hablar sin tapujos de nuestro incómodo vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, nacido en el ’63, como Rodolfo Páez, que se fue a vivir desde muy chiquito a Mar del Plata e intentó estudiar ingeniería mecánica pero luego de 2 años desistió y se mandó de lleno a Ciencias Económicas, donde se recibió con un promedio de 8,19 para salir de la facultad mientras mechaba su actividad “política” con la “empresarial” ya que, como todo hijo de este bendito país, tuvo que enfrentarse al terrible flagelo que poseemos los argentinos, que debemos laburar para poder comer. Así que del 95 al 98 trabajó en la empresa Ecoplata, dedicada a la higiene urbana (recolectora de residuos, ¿vio que importante es tener una recolectora de residuos? Todo aquel que haya trabajado en una empresa de esas terminó siendo: o un político de gran influencia o un sindicalista del carajo o un empresario muy exitoso. La próxima vez me voy a comprar un camión recolector de residuos), que quebró cuando el municipio de Mar del Plata rescindió el contrato dejándolo en Pampa y la vía por lo que decidió ingresar ese mismo año como analista en el Anses donde conoció a Sergio Massa, quien lo designó “gerente de área” comenzando así su carrera pública en serio hasta que en 2008 Cristina lo nombra “titular del organismo” donde tiempo después participa del beneficioso proyecto de re estatización de los fondos previsionales del pueblo y todos quedamos tan pero tan contentos que lo aplaudimos con vehemencia.


Ahora bien, ya en su rol de Ministro de Economía comenzó a caer medio raro en el pueblo, aceptémoslo. No gustaba del todo Amado Boudou, como que le quedaba grande aquel puesto. Y nombrarlo vicepresidente de la Nación fue lo más desacertado que vi en mi vida, habiendo tantas otras opciones (La Mole Moli es una opción, por poner un ejemplo que supera la elección de la presidentA).
Y como Magnetto y compañía ya no saben qué hacer en esos lastimeros manotazos de ahogado que están dando desde hace un par de años, recibieron con gran beneplácito la noticia de que iban a poder disfrutar por mucho tiempo de un vicepresidente contradictorio y falto de presencia, personalidad y peso como hacía mucho no veían.

Y ¿la verdad? Me tiene cansado el tema de Vandenbroele, Boudou y su amistad oculta o su testaferrísmo indesarticulable. Hay una cuestión de la que nadie habla, que no se hace fuerte mención. Que se dice, sí, pero por arriba y sin darle la verdadera importancia que se le debería dar mientras insisten como poseídos en buscar la foto de los tortolitos abrazados en su juventud o ofrecer millonarias recompensas a quiénes aporten la puta foto.


Hay otro asunto, más plausible, más verificable, más al alcance de la mano en donde nadie se quiere meter, que es el tema taboo del patrimonio personal de Amado Boudou, del que me hice de una copia de su declaración jurada de bienes, donde dice, por ejemplo, que Amado trabaja 84 horas semanales (esto promedia unas 14 diarias incluyendo los sábados), que como máximo nivel de estudios cursados tiene un “Master en Economía”, que entre sus bienes “muebles” posee una "Harley Davison" (sin “d”) de 2007 que vale $72.000, una KTM 990 de 2010 que vale $110.000, un Audi Quattro 2008 valuado en $155.000 y un Honda Civic 92 que, según su declaración jurada, cuesta $17.000 y se gana el premio al “Verdadero Vehículo que le Correspondería Poseer a Amado Boudou por su condición de Empleado Público” de todos los arriba mencionados.


También declara, y esto es raro, un solo inmueble de 90 metros cuadrados de su propiedad (quizás sea porque tiene otros pero aún no terminó de pagarlos y por eso no figuran como bienes ya adquiridos) sito en Puerto Madero aunque no aclara la locación exacta, adquirido a un valor de $670.000 que lo tiene alquilado a un Sr. Carosso Donatiello por $10.000.

Que es socio en 2 empresas en donde en una, por ejemplo, aportó $6.000 y en 2010 obtuvo dividendos por $190.000.

Que en el banco tiene $14.000 más $25.000 en efectivo (no sé qué significa eso) y U$S 145.000 también en efectivo (yo lo pondría en el banco, tanta plata en efectivo es un peligro).

Que le debe $290.000 al Banco Nación por un crédito hipotecario, que le debe $40.000 al Banco Francés por un crédito común y que debe 12 lucas de tarjeta de crédito.

Tan difícil no fue, solicité la declaración jurada y me la dieron, en dos o tres días. Las empleadas de la Oficina Anticorrupción estaban escuchando Bob Marley cuando la fui a buscar.

Y de inmediato y al leer una sola vez las 4 carillas de la "DJ" de Amado me pregunté cómo hizo para tener el patrimonio personal que ostenta si vivía en Mar del Plata en el departamentito de su madre a tener 50 años recién cumplidos y ser el dueño de un par de departamentos súper costosos en la zona más cara de Puerto Madero, donde alquila uno y vive en el otro, más la Harley Davidson, la TKM, el Audi Quattro, el tema de su colección de guitarras y el tema del jacuzzi que se hizo instalar en su oficina en Casa Rosada.


Y convengamos que eso de “revolucionario” no tiene nada. Amado Boudou es el ser menos revolucionario del mundo. Amado Boudou está viviendo en un status completamente distinto al que conocía y no tiene ninguna posibilidad de demostrar cómo consiguió tanto éxito económico en tan poco tiempo, porque su época de empresario nunca existió y porque hace muchos años que trabaja como empleado público, imposibilitado de generar ganancias en el ámbito privado. Amado Boudou no puede explicar por qué motivo Nuñez Carmona, su verdadero amigo de la infancia, tiene la plata que tiene viniendo de ningún lado. Amado Boudou no puede demostrar nada de lo que ocurre a su alrededor.


Entonces me pregunto,

¿Por qué Clarín y La Nación insisten con buscar una foto de Boudou y Vandenbroele?

¿Por qué Clarín y La Nación no buscan por el lado de su “enriquecimiento propulsado a chorro” de los últimos 10 o 15 años?

¿Por qué Amado Boudou salió al día siguiente en que encontraron, como si se tratara de un precioso tesoro oculto, que Vandenbroele le había pagado las expensas de su departamento de lujo de Puerto Madero, a señalar que Magnetto era un ser vil, enumerado todas sus matufias, cuando en realidad debería haber explicado por qué ese señor que él no conoce le pagó los gastos centrales?

¿Por qué nadie le pregunta a Amado cómo hizo para comprar todo lo que tiene siendo un empleado del Anses primero, un ministro de economía después y un Vicepresidente de la Nación más tarde?

¿Por qué nadie dijo nada de eso?

¿Por qué Boudou puede salir de la conferencia de prensa donde no dijo nada y seguir siendo vicepresidente sin que nadie haga nada?

¿Por qué no renuncia de una vez? En otras épocas los políticos de raza se suicidaban ante la mínima suposición de que faltó a sus deberes como gobernante. Se pegaban un tiro en el pecho.


No me gusta Amado Boudou, me cae muy mal. Me molesta mucho su presencia en el poder, no lo tolero. No me explico cómo hizo para conseguir esa fortuna que amasó en los últimos años. Yo me la paso trabajando como un imbécil y no solo no crezco sino que todos los años tengo un poco menos. Y guay de pretender cambiar el auto, ese año en que uno compró un nuevo automotor, así sea como en mi caso, de menos de 70.000 pesos, o sea, el segmento más bajo de todos, a fin de año deberé pagar ganancias por haberlo adquirido, porque si me puedo comprar un corsita 0 kilómetro significa que gané dinero y debo pagar impuestos por eso.

¿Cuánto dinero habrá pagado Amado Boudou de ganancias aquel año en que se compró esos departamentos de más de seiscientos mil dólares cada uno?

¿Habrá pagado ganancias?

¿Nadie le va a preguntar eso?

Amado Boudou me da mucha bronca.

Amado Boudou me indigna.

Amado Boudou me preocupa.

Amado Boudou debería renunciar.