martes, 1 de abril de 2014

Ya que hablamos de vidas.




Anoche me quedé pensando en los dichos de Cristina Fernández de Kirchner sobre el reguero de linchamientos que se suscitó en nuestra ciudad y en otras localidades, pero sobre todo me detuve en la desafortunada frase que eligió sobre “el costo de lo que vale una u otra vida”, porque siempre es lo mismo con nuestra presidente, cuando algo no resiste el más mínimo análisis y así y todo sale a dar inevitables y tergiversadas explicaciones o a manifestar hipócritas cuestiones que la excluyen del problema amparándose en irrisorias cuestiones que generalmente nada tienen que ver con el asunto en cuestión: Un muchacho que, por intentar robar una cartera, terminó finiquitado a patadas en la cabeza e incluso atropellado, aparentemente, por una camioneta blanca de la que todo el mundo habla, que le pasó por encima con el único fin de terminar de rematar su vida.

Y este tipo de noticias son las que impiden a nuestros gobernantes salir airosos de asuntos tan delicados y cotidianos para el resto de los mortales. Cuando en algún punto se va la mano, hay que salir a hablar. No queda otra. Y con esta contagiosa nueva modalidad de linchamiento ciudadano que germinó de pronto, nuestra presidente tuvo que salir por cadena nacional para intentar frenar los linchamientos, y la verdad que no hubiese querido estar en sus zapatos, porque ¿cómo se frenan unos linchamientos? ¿Qué se le dice a la población en estos casos?

Realmente no sé qué se dice, solo sé que  "Cuando alguien siente que su vida para el resto de la sociedad no vale dos pesos, no podemos reclamar que la vida de los demás valga para él más de dos pesos" no es la mejor frase del mundo para intentar aplacar las tensiones ni llevar calma a la población ni evitar más y más pérdidas de vidas.

Este tipo de expresiones no construyen nada positivo, ni para acariciar las sufridas almas de aquellos que piensan que su vida no vale dos pesos, quienes solo continuarán delinquiendo y esta vez con luz verde para matar en cada oportunidad que tengan ya que la presidente en persona les está dando el visto bueno: “Ciuadadanos de vidas baratas que jamás conseguirán una vida digna, vayan a robar, y si tienen que matar…, bueno, háganlo, esa gente a la que les están robando no da dos pesos por sus vidas”. Y por supuesto que tampoco sirve para aquellos que son asaltados, que no tasan, como supone nuestra presidente, la vida de los asaltantes en $2 pero no tienen ni la capacidad ni la obligación de velar por estos cuando no les alcanza el día para cumplir con todas sus obligaciones y así poder pagar todos los impuestos y servicios y cuestiones que la clase media debe afrontar para solventar el mega flujo monetario que necesita el gobierno nacional para poder mantener los planes trabajar de la gran mayoría –no todas- de las familias de estos jóvenes que no consiguen vislumbrar un mundo mejor fuera de la droga y a quienes no les alcanza el dinero que cobran del gobierno para comprarse los estupefacientes que consumen a diario y por ello salen a robar carteras de embarazadas envueltos en cruentos síndromes de abstinencia que les impiden medir sus actos quitándole la vida a quienes eligen a dedo por la calle.

Y no se podría siquiera debatir o buscar excusas sobre lo que ocurrió el otro día en Barrio Azcuénaga, porque la vida de Moreyra vale lo mismo que la vida de la joven embarazada asaltada -aunque en este caso valdría solo la mitad ya que la joven llevaba una vida dentro de la suya propia- Dos vidas contra una. Vidas, simplemente. Vidas que merecen ser vividas.

Hay todo tipo de vidas. Hay vidas que se viven de principio a fin en la miseria más escalofriante. Hay vidas que comienzan en pobrezas inauditas y terminan colmadas de riquezas. Hay vidas colmadas de riquezas que se sienten vacías y comprarían a costo de abandonar todas sus pertenencias una vida plena de amor. Hay vidas, como vi el otro día, que de muy niñitas son obligadas a vender pañuelitos y curitas en la peatonal Córdoba, forzadas por la vida de una mujer gorda en la madurez de su vida que, cuando vio a una de sus viditas esclavas de cinco años sentarse en un umbral para descansar, la sacó de una oreja basureándola e insultándola a más no poder mientras mi propia vida iba caminado detrás de la suya llevando a upa la vida de mi hija más chica, recién estrenada, haciendo que advirtiera con pesar e impotencia que aquella pobre vida de esa niñita no conocería jamás la niñez que por derecho le correspondería experimentar, como a toda vida, mientras los oficiales de la GUM expulsan manteros en lugar de controlar este atropello y explotación infantil tan a plena luz del día. También hay vidas como la de nuestra presidente, que viven en una necesaria burbuja que protege su vida de todo tipo de peligros. Como las vidas de los millonarios que salen en la revista Caras, que no tienen siquiera que preocuparse por quedar expuestos delante de la vida de un asaltante ya que sus autos están blindados contra este tipo de peligrosas vidas dando máxima seguridad a las suyas. Y por supuesto que hay vidas laburantes, que fueron bajando escalones desde la época de De la Rúa hasta la actualidad de manera sostenida y que, habiendo pasado tanto tiempo de 2001 a esta parte, ya no recuerdan esa vida que vivían sin los sobresaltos actuales atravesando tantas épocas y gobiernos de los más variados colores políticos.

Y esas vidas laburantes son las que hoy no llegan a pagar todo lo que el gobierno les exprime, las que sienten una profunda injusticia por lo que les toca en esta “repartición de responsabilidades”, las que no pueden ahorrar unos pocos pesos por mes para eventualidades y se acuestan a la noche anhelando que no se les rompa el auto ni les traiga ningún dolor de cabeza, o que la casa donde vive no tenga ninguna falla edilicia ya que estas vidas se pasan las semanas enteras, desde hace muchos años, trabajando para pagar servicios y quedándose con muy pocos pesos para pasar el fin de semana, aunque aparentemente por lo que dicen Kicillof y Cristina no es por el desmanejo económico nacional sino por culpa de cómo está el globalizado mundo entero.

Vidas laburantes que recuerdan tiempos mejores en donde hace poco más de diez años podían salir a comer afuera, o ir al cine; que cambiaban el auto cada cinco o siete años, que se iban de vacaciones y hacían funcionar la economía del país, tan estancada desde hace años precisamente por estas vidas de clase media, que hoy están atadas a sus pocas y desvencijadas pertenencias mientras caminan sus vidas con gran cautela de no cometer un solo error, ya que no tendrían cómo remediarlo.

Y esas vidas de clase media son la que hoy, desde hace años, ven cómo en un instante un chico de 18 años sin amor por su propia vida y completamente delirado de drogas, puede agarrarte en la calle, ponerte un chumbo en la sien y pedirte, a cambio de tu vida o la de tu familia, el celular, la billetera o las zapatillas… Con los ojos salidos de las cuencas, casi escapándoseles de la vida y en un estado de euforia que ni su propia vida, si cobrase vida, concebiría.

Y ahí es donde salta el temor a lo irremediable, el pánico a la fugacidad. Porque esas vidas laburantes saben que algún día les puede pasar lo que ven a diario en las noticias. Y se pasan la vida preguntándose ¿y si ahora me toca a mí? ¿Y si hoy perdiera la vida? Y de inmediato, mientras caminan por la calle hacia el trabajo, hacen un raconto de sus inmediatas pertenencias: Un celular. Las llaves de casa. La billetera con la tarjeta de crédito y $50. Y saben perfectamente que no arreglarán a ningún malviviente con $50. Y este tipo de vida laburante sabe que el día que una de esas descarriadas y no incluidas vidas la encañone, no creerá que solo tiene $50 en la billetera. Y el momento es fugaz, no hay tiempo para demostrar nada ni para explicar los difíciles momentos económicos que está atravesando desde años atrás en su vida. Y el tiro es inminente. Y apaga una vida.

Y del otro lado, la vida del que asalta, desesperada por haber elegido mal a su víctima, no puede admitir el magro trofeo recibido y tiene dos alternativas: o sale corriendo, o dispara y sale corriendo. Y hoy por hoy, luego de todo lo que hemos visto en las noticias, es un hecho que la vida de cualquier laburante vale dos pesos para cualquier malviviente, quien elegirá quitar la vida y correr por sobre cualquier otra opción menos costosa.

Y eso es lo que ocurrió el otro día en el Barrio Azcuénaga, un grupo inexacto de vidas que jamás hubiesen imaginado que quitarían una vida y que viene rumiando estos enojos y pensamientos desde hace muchos, muchos años, vio a una joven vida con una vida en su vientre forcejeando con un par de malvivientes y, como atacados por un cruento síndrome de abstinencia parecido al de la droga pero inflada de exagerada e infundada justicia divina, destrozaron a patadas la vida de David Moreyra, saltaron encima de su vida y pisaron su cabeza con el solo fin de terminar con su vida. Como cuando uno entra en una habitación sin advertir que en su interior hay una serpiente venenosa que, en caso de morderte, acabaría con tu vida, así que lo mejor es pisarle la cabeza y terminar con la suya primero, porque no hay tiempo que perder, está tu vida en juego.

Espero que nuestra presidente sea más cautelosa en su vida y de ahora en más mida mejor las palabras que utiliza, que sean menos hipócritas. Porque son nuestras vidas las que están en juego. Todas. La vida de David Moreyra y la de su asaltada, por igual.

Hoy nadie podría afirmar que David Moreyra habría terminado con la vida de su víctima ya que fue él quien acabó sin vida.

Quizás lo mejor sería que nuestra presidente, en lugar de salir a hacer esas exclamaciones sobre el supuesto de lo que cuesta o no una vida, intentara construir un país en donde todas las vidas sientan orgullo y ansias de ser vividas, porque este tipo de exclamaciones incongruentes dignas de todo presidente que no tiene forma de explicar lo sucedido, sólo entierran a quien las exclama, embarrándolo y untándolo por completo en su propio fango.