viernes, 16 de agosto de 2013

Final de búsqueda


por Juan Pablo Scaiola
Tiempo de lectura: 20 min.





El viernes pasado a la noche me fui a dormir con la certeza de que por la mañana del sábado -o a más tardar por la tarde- se terminaría con la remoción de escombros de Salta 2141. Los bomberos y rescatistas habían estado toda la semana trabajando día y noche sin descanso y sobre el fin del viernes lograban quitar el tanque de agua que imposibilitaba terminar las labores de rescate y sólo restaba retirar el 30% de los escombros. Visto por un simple y optimista ciudadano que jamás hizo curso alguno de rescate o de primeros auxilios y al que nunca se le ocurrió alistarse en la cruz roja o anotarse para bombero voluntario, aquella era una tarea que auguraba un inmediato desenlace.

Y para colmo los ausentes que aún no habían sido encontrados comenzaban a aparecer con una rapidez inusitada mientras montones de ciudadanos de todos los puntos cardinales de nuestra ciudad avistaban a Santiago Laguía acá y allá, todo el tiempo. Por poner un par de ejemplos, en una misma hora Santiago había pasado caminando por la Plaza López y por Mendoza y Wilde, dos lugares separados por 110 cuadras uno de otro  mientras que días atrás había sido visto al mismo tiempo en Córdoba y Caferatta, San Nicolás y Gaboto y en Gaboto al 500, lugares que también están separados por 30 a 40 cuadras entre sí, alimentando con maestría de implacable chef la ilusión de su pobre madre, que de inmediato hizo cuentas y los datos le cerraban, porque Santiago, confundido y aturdido e inmerso en el más dantesco estado de shock, intentaba infructuosamente ir a la dirección donde vivía en Pergamino: San Nicolás y Gaboto. Y por eso andaba por aquella zona…


 
Y todo cerraba, no podían quedar muchos cuerpos entre los escombros, ya habían encontrado a casi todos y no quedaban tantas piedras por remover, seguro que Santiago andaba perdido por ahí, como Luisina. Incluso, según otra hipótesis, ambos habían sido bajados a la calle por un rescatista ni bien se produjo la explosión, que dijo que con sus propias manos los ayudó a salir de lo que quedaba de sus departamentos, eran “un muchacho de pelo largo y una chica rubiecita”, así que ahora debíamos salir en búsqueda de Santiago y Luisina. 







Y todos nos aferramos a la teoría del shock, y salimos a la calle a dar vueltas manzana. Y la foto de ambos comenzó a empapelar cada pared de la ciudad hasta que la mamá de Luisina dijo: “No busquen a mi hija en la calle, estaba hablando por teléfono conmigo cuando iba en el ascensor, tranquilizándome de que ya estaba saliendo cuando la comunicación se cortó abruptamente al momento en que todos sentimos la explosión. Mi hija estaba en el ascensor cuando esto ocurrió, no fue rescatada, si está con vida, está esperando que la rescaten dentro del ascensor”.

Y el fin de semana pasó sin penas ni glorias mientras los únicos seres vivos que se rescataban con vida -y tengo que admitir que sentí una gran desazón- eran un gatito, un canario y unos pececitos de colores. Y no había caso. Cada uno de los “ausentes” aparecía muerto entre los escombros. No hubo uno solo que haya aparecido con vida. No creo que haya nada más injusto y que dé más impotencia que encontrar un par de pececitos de colores vivitos y coleando dentro de su pecera, rajada, sí, pero con el agua suficiente para que se mantuvieran con vida.


 
Y mientras se reforzaba cada vez más la idea de encontrar a Santiago y Luisina deambulando por ahí ya que se sumó –mal hecho- el Padre Ignacio, quien le dijo a sus familiares que lo siguieran buscando ya que Santiago “estaba vivo porque podía sentir sus latidos con sólo tocar una foto”, de pronto con la euforia de vernos en el final de búsqueda y con la ilusión y la casi certeza de encontrarlo con vida llegó el lunes al mediodía y los rescatistas pudieron acceder a revisar la zona de los ascensores, sector del edificio que jamás tuvimos en cuenta y que ni remotamente tomamos como opción lógica donde pudiesen estar algunos de los ausentes, atrapados debajo de ese maldito tanque de agua que, como en todos los casos de propiedades horizontales, se encuentra justamente encima de los ascensores en ese monstruoso cubículo donde acumula toneladas y toneladas de agua de red.



Y a la tarde aparecieron de pronto todos los funcionarios públicos, demostrando que esto se terminaba a la vez que el diario La Capital anunciaba un escueto “se encontraron dos cadáveres” y la ilusión, la desesperanza y la necesidad de terminar con este suplicio se fusionaban hasta convertirse en una sola cosa: La realidad de que todos los ausentes habían perecido en la explosión.
Y mientras yo estoy escribiendo esto y usted lee lo que opino, José Osvaldo García, el gasista matriculado con 30 años de experiencia que se encontraba manipulando el regulador de gas de Salta 2141 está confinado en una celda esperando la resolución de la causa mientras los directivos de Litoral Gas andan por la calle y van a trabajar a sus oficinas como si manejaran alguna empresa dedicada a la manufactura de caramelos, libres de culpa y cargo ya que, como bien manifestó a los periodistas el RRPP José María González en la organizada a los ponchazos conferencia de prensa inmediata después del allanamiento del mismo martes de la explosión: 

No, Litoral Gas no tiene nada que ver con el hecho acontecido en calle Salta al 2100, no había ninguna cuadrilla trabajando en el lugar y no tenemos reclamo alguno durante el día de hoy que hubiera o hubiese habido alguna denuncia sobre pérdida de gas en la zona, así que pongan bien grande que Litoral Gas no tiene nada que ver.



Esto lo dijo José María González, gerente de relaciones públicas de Litoral Gas a pocas horas de haber explotado el edificio por el aire. Y el párrafo entero está infestado de cuestiones tan hipócritas de las que ya estamos curtidos y acostumbrados que realmente es una declaración sin mecha, que explota en la cara del propio González mientras la dice:

No, Litoral Gas no tiene nada que ver con el hecho acontecido en Salta al 2100” se refiere a que precisamente, al momento exacto de la explosión, el operario que manipulaba el regulador no trabajaba para Litoral Gas. Fiel a su condición de RRPP de la empresa que protege con sus torpes exclamaciones, jamás se le hubiese ocurrido aclarar que el edificio tenía montones de denuncias previas, docenas de visitas de cuadrillas de la empresa y que justamente la última vez que habían ido había sido cuatro días antes. Pero este detalle no es relevante. La culpa es del consorcio, o del gasista, que seguro no es matriculado. O de Montoto.

No había ninguna cuadrilla trabajando en el lugar”. No, por supuesto. Aunque no aclara que habían estado trabajando en el lugar el 2 de agosto. No. ¿Para qué? Quién sabe tenemos suerte y no lo descubren y le echan la culpa al gasista, o a Montoto.

No tenemos reclamo alguno durante el día de hoy de que hubiera o hubiese habido alguna denuncia sobre pérdida de gas en la zona” No, o quizás es tan reciente que aún no se enteró. Lo que no reconoce –y no lo hará por su condición de defensor de la empresa- es que hacía mucho tiempo que todos los vecinos del edificio venían reclamando justamente eso.

Litoral Gas supuso que mandando al frente a este insensible RRPP señalando que ellos no tenían nada que ver desde los 15 minutos previos a la explosión de Salta 2141, la justicia entonces aplicaría todo el peso de la ley sobre el pobre García, quien acababa de ser capturado por la policía vagando shockeado y desahuciado por el centro de la ciudad, presa de una angustia sin igual que lo acompañará tomándolo firme de la mano hasta el día de su muerte. 



Y deberían haberse rescatado. Deberían haber sido más inteligentes. Ganan tanto dinero en esos altos cargos que uno no puede dejar de sorprenderse con estas toscas defensas que no duran siquiera lo que tardó el edificio en explotar entre que se rompió el caño hasta que devino la fuerte bomba que se escuchó a 40 kilómetros a la redonda. Fieles a su condición de “empresa adjudicada en la era Menem” lo que deberían haber hecho es cerrar las puertas, pedir un taxi hacia el aeropuerto y tomar el primer vuelo a dónde sea, salir a hacer esas tontas declaraciones es menos que ridículo. Y enoja muchísimo.




Este martes se cumplirán 2 semanas de la evitable explosión donde 21 vidas quedaron truncas.

El lunes 5 de agosto a la noche, Carlos López elegía quedarse a dormir en su casa en lugar de ver los Martín Fierro en lo de una amiga. Se acostaría a dormir y nunca más despertaría. El viernes siguiente le entregaban las llaves de su nuevo departamento, aunque no llegó a recibirlas ni a estrenarlo.

Estefanía sería la primera en aparecer muerta, sería rescatada sin vida de los brazos de su novio, quien estaría gritando confundido y pidiendo ayuda sin entender qué había pasado.

Maxi Vesco pediría el día libre, andaba medio hinchado las pelotas, o medio estresado y le diría a su hermano que el martes no iría a trabajar, tampoco despertaría el martes.

El propio martes, el novio de Flor Caterina iría a comprar medialunas para el desayuno minutos antes de la pérdida monumental de gas, y no volvería a ver con vida a su novia.

Luisina llamaría a su madre desde adentro del ascensor, avisándole que se quedara tranquila, que había una pérdida de gas terrible, pero que ya estaba saliendo a la calle, aunque nunca lo conseguiría, seguramente acompañada por Santiago, su vecino de al lado que habría decidido bajar a la calle también en lugar de quedarse en su departamento, propiedad que quedó en buenas condiciones y que, de haberse quedado ahí, quizás hoy estuviese abrazado a sus familiares buscando un nuevo lugar donde vivir y así terminar su carrera de médico.

Federico y Soledad fueron encontrados en las escaleras hacia la calle, también venían escapando del soplido insoportable del caño de media presión que avisaba con saña que en cualquier momento volaba todo a la mierda. No conseguirían escapar.

Roberto, Teresita, Juan, Oclides, Lydia, Ana, Domingo y María Esther, los vecinos mayores del edificio morirían atrapados entre sus pertenencias mientras en la misma vereda, en la casa de cuadros, a Adriana le caería el techo encima, matándola en el acto delante de la mirada despavorida de su marido y su empleado, que saldrían ilesos del episodio y nunca entenderán por qué se salvaron estando en la misma habitación.

María Emilia sería encontrada sin vida y abrazada a su vieja Golden, quien no se separaría del cuerpo de su incondicional compañera hasta que la médica entrase en la habitación a tomar cartas en el asunto ante la espera paciente de los bomberos, que detuvieron su labor al encontrarla.


Secuencia cedida gentilmente por Gus Ruarte.

Y mientras tanto, por el lado positivo (muy pocos), Mariela había estado toda la semana pidiendo sin suerte que le cambiaran las mañanas por las tardes en su trabajo, habiendo sólo conseguido hacerlo el lunes para el martes irse al trabajo maldiciendo y escuchando la explosión a muchísimas cuadras de su departamento, ahora desaparecido, sentada delante de la computadora en su box de la empresa para la que trabaja.

Y a todas estas mini historias que les relato hay que agregarles las de las otras 175 propiedades afectadas de los vecinos de al lado, de enfrente y del contra frente, que estuvieron toda la semana insistiendo con que los dejaran entrar a sus casas para retirar al menos efectos personales livianos sin tener una vaga idea de la dimensión de la destrucción de sus hábitats al punto en que el shock de ver sus pertenencias arrasadas los arrasara con la misma celeridad con que lo hiciere la explosión, debiendo necesitar atención y sostén psicológico ya que tendrán que empezar de cero. Tendrán lo puesto, y alguna prenda. Algún portarretrato. Algún gatito escondido en el placard, no mucho más.


Se tendrán que mudar a un departamento que le asignará la municipalidad con beneficios exclusivos para “ciudadanos explotados”, donde no necesitarán presentar garantías propietarias. Se verán beneficiados con descuentos de honorarios inmobiliarios y contarán con dinero en efectivo para poder comprar algunos muebles y rehacer su vida.

Si Juan Pablo Schiavi fuera responsable de Energas, diría: “Tenemos que agradecer que García no fue a cambiar el regulador de gas a las 7 de la mañana, la cantidad de víctimas fatales se hubiera multiplicado exponencialmente. Habrían muerto niños, hubiesen muerto muchos más vecinos”. 

Y estaríamos de acuerdo con Juan Pablo Schiavi. Tenemos que agradecer que la explosión fue a las 9:37 de la mañana.

Lo que no podemos agradecer es que una vez Menem entregó las llaves de Gas del Estado a Litoral Gas e inmediatamente después de los primeros estudios de mercado, la nueva empresa privada haya decidido retirar de las calles las válvulas de emergencia porque tenían un alto costo de mantenimiento. Eso debemos lamentarlo.


Quizás ese alto costo de mantenimiento de las válvulas de seguridad que hubiesen servido para cerrar el gas de inmediato ni bien comenzó la violenta y peligrosa fuga haya sido el culpable del balance rojo que entregaba Gas del Estado todos los meses en la época en que el país debía pagar su déficit, pero no lo creo. No creo que haya sido sólo por eso que Menem entregó Gas del Estado a las compañías privadas que se la repartieron.

Lo que creo, y lo que veo con gran tristeza, es que no importa el tiempo que pase. Siempre recordaremos aquel gobierno de Menem y los desaciertos que dejamos que ocurrieran con liviandad por las diversas masacres accidentales que seguirán apareciendo de pronto cuando uno esté pensando en otra cosa y con la guardia baja. Porque tanto se vendió, tanto se regaló y tanto tiempo hace que no se presta atención a lo que pasa dentro de estas empresas privadas que se quedaron con todas las joyas de la abuela, que reconstruir este país y dejarlo saneado llevará un par de décadas más, por lo menos, siempre y cuando los gobernantes tomen verdaderas cartas en el asunto.



Quizás debiéramos tener en cuenta estas cosas a la hora de votar, no votar a indignantes hipócritas inadmisibles que se aprovechan de estas cuestiones para ganar votos mientras hablan de revolución de la boca para afuera. Y tampoco votar a esos pseudo salvadores de poca monta que nos llevarán de un empujón en un rápido y aceitado tobogán devuelta a los '90, era que, luego de la etapa del proceso, es y será por siempre la más siniestra de la que se tenga memoria.




miércoles, 7 de agosto de 2013

Condenados al alambre







El martes a las 9:30 de la mañana estaba discutiendo con mi hermana y un amigo sobre cuestiones referentes a nuestro trabajo, el día había arrancado horrible, como siempre, como viene sucediendo desde hace 3 años. Y aquello que unos clientes nos habían prometido, al final no lo cumplirían, y deberíamos rever cómo conseguir terminar otro trabajo para así juntar los pocos pesos que estamos produciendo desde hace tanto tiempo, que no sirven para mucho. Estábamos realmente enfrascados en nuestras complicaciones cuando de pronto ¡Boom!, sonó a lo lejos. Fuerte. Fuertísimo. Grave. Lejano.

Mi amigo enarcó las cejas y vaticinó: “Eso fue una garrafa”. Mi hermana subió la apuesta, muy asustada tiró: “Una garrafa no hace ese ruido, eso fue una caldera”. Pero a mí no me parecían ninguna de las dos cosas. Eso era una explosión terrible que había ocurrido muy lejos, y se los dije.

Salí a la calle y miré el cielo, pero no se veía nada. Y por supuesto que no se vería nada, mi lugar de trabajo se encuentra a 44 cuadras del edificio que explotó por el aire matando tanta gente y sepultando vecinos que aún están desaparecidos. Prendimos la radio. Nacho Russo hablaba de una explosión en Salta 2141, había explotado una caldera.

Después resultó que no, que no había sido una caldera, y ya se hablaba de una chica muerta y una docena de heridos. Las llamas no se podían apagar al tiempo en que los minutos pasaban y las teorías confundidas mutaban a la realidad ocurrida: Carlos Osvaldo García, un gasista matriculado estaba cambiando el regulador de gas en la entrada al edificio cuando tuvo un inconveniente aun no clarificado y se produjo una pérdida de gas del caño de media presión de la vereda que, apuntado con vehemencia hacia el palier del edificio de 3 módulos y 60 departamentos, comenzó a inundar la propiedad horizontal con copioso caudal de gas comprimido que, en menos de veinte minutos, desalojó el oxígeno reinante en cada rincón del inmueble para terminar en el inevitable y desesperante contacto con algún artefacto eléctrico que detonó la impensada bomba que se escuchó a 40 kilómetros a la redonda. Como cuando cae un meteorito, como cuando hay un atentado.

Y se tardó mucho en entender lo que había sucedido, la gente corría, despavorida, en estampida, sin rumbo. Hubo gritos. Transeúntes que se transformaron en un instante en rescatistas, gente desnuda y quemada en el medio de la calle. Al principio se supuso que los ocupantes de los primeros 3 o 4 pisos del frente serían los damnificados, por la conquista del fuego. Hasta la noche no se supo que el módulo central del edificio había desaparecido por completo, y recién ahí se tuvo magnitud de lo que ocurría. Y recién ahí se pudo llegar a la conclusión de que la explosión dejó un sector completo del edificio derrumbado.

Y de inmediato salió Litoral Gas a declarar su inocencia en este accidente. A pesar de que varios vecinos venían diciendo por radio que hacía mucho tiempo que estaban teniendo problemas con el gas y que habían hecho el reclamo, Litoral Gas salió a desmentir relación alguna con el episodio. Y de inmediato llegó la orden de allanamiento y el Juez Curto recopiló información en donde claramente había registro de los problemas y de las reparaciones hasta veinte días antes, no había registro alguno de visita al lugar en el momento del siniestro, por lo que Litoral Gas estaba libre de culpa y cargo. Hasta el RRPP de la empresa se encargó de ordenarle a la periodista que lo entrevistaba que “pongan bien grande que nosotros no tuvimos nada que ver”. ¿Tan rápido? ¿No hubiese sido mejor callarse y abrir los legajos ante el allanamiento con respeto y prudencia?

Y ahí es donde los argentinos siempre caemos en la misma tragedia, porque estamos condenados a atar las cosas con alambre. Porque lo que aquí ocurrió tranquilamente puede ser que Litoral Gas haya ido veinte días atrás del siniestro, como dice, y haya arreglado el problema, que no se arregló del todo y hubo un nuevo reclamo, y seguro que Litoral Gas debe haber reprogramado una visita para una cantidad de tiempo inaplicable al invierno que estamos atravesando, que derivó en la única posibilidad por parte del consorcio de tener que llamar a un gasista matriculado por fuera de Litoral Gas que hiciera las labores en un tiempo más acorde a la lógica para evitar que 60 familias pasen 15 o 20 días sin gas con estas bajas temperaturas.

Y lo mismo ocurre con el 911, esa mujer que, completamente desencajada, insultaba a los funcionarios de turno mientras los acusaba de haber llamado al 911 haciendo la denuncia a las 9:07 con el teléfono en la mano, para que luego el 911 de inmediato imprima unas hojas con el listado de llamadas recibidas demostrando que nadie llamó nunca a esa hora... Y eso es al menos patético e infantil, porque la verdad se sabrá en muy poco tiempo, y si el 911 ocultó o borró del registro esas llamadas que hicieron al menos tres vecinos del lugar veinte larguísimos minutos antes de la tragedia a la vez que Litoral Gas hubiera sido más expeditivo a la hora de entregar el servicio como corresponde, lo más probable es que Florencia, Hugo, María Esther, Carlos, Adriana, María Emilia, Estefanía, Domingo, Roberto y Teresita ahora estuvieran vivos. Y Santiago, Federico, Soledad, Debora, Maximiliano (ambos), Luisina, Juan, Lidia y Ana estarían donde deben y no perdidos en la ciudad por el aturdimiento del shock o tapados por los escombros sin que podamos saber cuál es su condición hasta no lograr retirar cada uno de los ladrillos y bloques de cemento que, como si se tratara de un inmenso hojaldre de concreto, los oculta de nuestra vista con recelo y egoísmo.

Y ¿la verdad? Es tan terrible lo que pasó, es tan inabarcable la dimensión de esta inmensa tragedia que nos marcó para siempre que no tengo palabras para esta queja. Estoy destrozado. 

Espero que aquellos que aún no han sido encontrados estén vivos. Espero que los damnificados de esta improbable tragedia consigan recomponer sus vidas, y espero sobre todo que no tengamos que volver a “atar con alambre” alguna cuestión tan peligrosa como es el suministro de gas, o de luz. Y que las compañías que proveen estos servicios entiendan que hay cosas que no pueden esperar, y que deberían poder resolverse con rapidez en lugar de obligar al cliente a buscar otra solución.