martes, 1 de abril de 2014

Ya que hablamos de vidas.




Anoche me quedé pensando en los dichos de Cristina Fernández de Kirchner sobre el reguero de linchamientos que se suscitó en nuestra ciudad y en otras localidades, pero sobre todo me detuve en la desafortunada frase que eligió sobre “el costo de lo que vale una u otra vida”, porque siempre es lo mismo con nuestra presidente, cuando algo no resiste el más mínimo análisis y así y todo sale a dar inevitables y tergiversadas explicaciones o a manifestar hipócritas cuestiones que la excluyen del problema amparándose en irrisorias cuestiones que generalmente nada tienen que ver con el asunto en cuestión: Un muchacho que, por intentar robar una cartera, terminó finiquitado a patadas en la cabeza e incluso atropellado, aparentemente, por una camioneta blanca de la que todo el mundo habla, que le pasó por encima con el único fin de terminar de rematar su vida.

Y este tipo de noticias son las que impiden a nuestros gobernantes salir airosos de asuntos tan delicados y cotidianos para el resto de los mortales. Cuando en algún punto se va la mano, hay que salir a hablar. No queda otra. Y con esta contagiosa nueva modalidad de linchamiento ciudadano que germinó de pronto, nuestra presidente tuvo que salir por cadena nacional para intentar frenar los linchamientos, y la verdad que no hubiese querido estar en sus zapatos, porque ¿cómo se frenan unos linchamientos? ¿Qué se le dice a la población en estos casos?

Realmente no sé qué se dice, solo sé que  "Cuando alguien siente que su vida para el resto de la sociedad no vale dos pesos, no podemos reclamar que la vida de los demás valga para él más de dos pesos" no es la mejor frase del mundo para intentar aplacar las tensiones ni llevar calma a la población ni evitar más y más pérdidas de vidas.

Este tipo de expresiones no construyen nada positivo, ni para acariciar las sufridas almas de aquellos que piensan que su vida no vale dos pesos, quienes solo continuarán delinquiendo y esta vez con luz verde para matar en cada oportunidad que tengan ya que la presidente en persona les está dando el visto bueno: “Ciuadadanos de vidas baratas que jamás conseguirán una vida digna, vayan a robar, y si tienen que matar…, bueno, háganlo, esa gente a la que les están robando no da dos pesos por sus vidas”. Y por supuesto que tampoco sirve para aquellos que son asaltados, que no tasan, como supone nuestra presidente, la vida de los asaltantes en $2 pero no tienen ni la capacidad ni la obligación de velar por estos cuando no les alcanza el día para cumplir con todas sus obligaciones y así poder pagar todos los impuestos y servicios y cuestiones que la clase media debe afrontar para solventar el mega flujo monetario que necesita el gobierno nacional para poder mantener los planes trabajar de la gran mayoría –no todas- de las familias de estos jóvenes que no consiguen vislumbrar un mundo mejor fuera de la droga y a quienes no les alcanza el dinero que cobran del gobierno para comprarse los estupefacientes que consumen a diario y por ello salen a robar carteras de embarazadas envueltos en cruentos síndromes de abstinencia que les impiden medir sus actos quitándole la vida a quienes eligen a dedo por la calle.

Y no se podría siquiera debatir o buscar excusas sobre lo que ocurrió el otro día en Barrio Azcuénaga, porque la vida de Moreyra vale lo mismo que la vida de la joven embarazada asaltada -aunque en este caso valdría solo la mitad ya que la joven llevaba una vida dentro de la suya propia- Dos vidas contra una. Vidas, simplemente. Vidas que merecen ser vividas.

Hay todo tipo de vidas. Hay vidas que se viven de principio a fin en la miseria más escalofriante. Hay vidas que comienzan en pobrezas inauditas y terminan colmadas de riquezas. Hay vidas colmadas de riquezas que se sienten vacías y comprarían a costo de abandonar todas sus pertenencias una vida plena de amor. Hay vidas, como vi el otro día, que de muy niñitas son obligadas a vender pañuelitos y curitas en la peatonal Córdoba, forzadas por la vida de una mujer gorda en la madurez de su vida que, cuando vio a una de sus viditas esclavas de cinco años sentarse en un umbral para descansar, la sacó de una oreja basureándola e insultándola a más no poder mientras mi propia vida iba caminado detrás de la suya llevando a upa la vida de mi hija más chica, recién estrenada, haciendo que advirtiera con pesar e impotencia que aquella pobre vida de esa niñita no conocería jamás la niñez que por derecho le correspondería experimentar, como a toda vida, mientras los oficiales de la GUM expulsan manteros en lugar de controlar este atropello y explotación infantil tan a plena luz del día. También hay vidas como la de nuestra presidente, que viven en una necesaria burbuja que protege su vida de todo tipo de peligros. Como las vidas de los millonarios que salen en la revista Caras, que no tienen siquiera que preocuparse por quedar expuestos delante de la vida de un asaltante ya que sus autos están blindados contra este tipo de peligrosas vidas dando máxima seguridad a las suyas. Y por supuesto que hay vidas laburantes, que fueron bajando escalones desde la época de De la Rúa hasta la actualidad de manera sostenida y que, habiendo pasado tanto tiempo de 2001 a esta parte, ya no recuerdan esa vida que vivían sin los sobresaltos actuales atravesando tantas épocas y gobiernos de los más variados colores políticos.

Y esas vidas laburantes son las que hoy no llegan a pagar todo lo que el gobierno les exprime, las que sienten una profunda injusticia por lo que les toca en esta “repartición de responsabilidades”, las que no pueden ahorrar unos pocos pesos por mes para eventualidades y se acuestan a la noche anhelando que no se les rompa el auto ni les traiga ningún dolor de cabeza, o que la casa donde vive no tenga ninguna falla edilicia ya que estas vidas se pasan las semanas enteras, desde hace muchos años, trabajando para pagar servicios y quedándose con muy pocos pesos para pasar el fin de semana, aunque aparentemente por lo que dicen Kicillof y Cristina no es por el desmanejo económico nacional sino por culpa de cómo está el globalizado mundo entero.

Vidas laburantes que recuerdan tiempos mejores en donde hace poco más de diez años podían salir a comer afuera, o ir al cine; que cambiaban el auto cada cinco o siete años, que se iban de vacaciones y hacían funcionar la economía del país, tan estancada desde hace años precisamente por estas vidas de clase media, que hoy están atadas a sus pocas y desvencijadas pertenencias mientras caminan sus vidas con gran cautela de no cometer un solo error, ya que no tendrían cómo remediarlo.

Y esas vidas de clase media son la que hoy, desde hace años, ven cómo en un instante un chico de 18 años sin amor por su propia vida y completamente delirado de drogas, puede agarrarte en la calle, ponerte un chumbo en la sien y pedirte, a cambio de tu vida o la de tu familia, el celular, la billetera o las zapatillas… Con los ojos salidos de las cuencas, casi escapándoseles de la vida y en un estado de euforia que ni su propia vida, si cobrase vida, concebiría.

Y ahí es donde salta el temor a lo irremediable, el pánico a la fugacidad. Porque esas vidas laburantes saben que algún día les puede pasar lo que ven a diario en las noticias. Y se pasan la vida preguntándose ¿y si ahora me toca a mí? ¿Y si hoy perdiera la vida? Y de inmediato, mientras caminan por la calle hacia el trabajo, hacen un raconto de sus inmediatas pertenencias: Un celular. Las llaves de casa. La billetera con la tarjeta de crédito y $50. Y saben perfectamente que no arreglarán a ningún malviviente con $50. Y este tipo de vida laburante sabe que el día que una de esas descarriadas y no incluidas vidas la encañone, no creerá que solo tiene $50 en la billetera. Y el momento es fugaz, no hay tiempo para demostrar nada ni para explicar los difíciles momentos económicos que está atravesando desde años atrás en su vida. Y el tiro es inminente. Y apaga una vida.

Y del otro lado, la vida del que asalta, desesperada por haber elegido mal a su víctima, no puede admitir el magro trofeo recibido y tiene dos alternativas: o sale corriendo, o dispara y sale corriendo. Y hoy por hoy, luego de todo lo que hemos visto en las noticias, es un hecho que la vida de cualquier laburante vale dos pesos para cualquier malviviente, quien elegirá quitar la vida y correr por sobre cualquier otra opción menos costosa.

Y eso es lo que ocurrió el otro día en el Barrio Azcuénaga, un grupo inexacto de vidas que jamás hubiesen imaginado que quitarían una vida y que viene rumiando estos enojos y pensamientos desde hace muchos, muchos años, vio a una joven vida con una vida en su vientre forcejeando con un par de malvivientes y, como atacados por un cruento síndrome de abstinencia parecido al de la droga pero inflada de exagerada e infundada justicia divina, destrozaron a patadas la vida de David Moreyra, saltaron encima de su vida y pisaron su cabeza con el solo fin de terminar con su vida. Como cuando uno entra en una habitación sin advertir que en su interior hay una serpiente venenosa que, en caso de morderte, acabaría con tu vida, así que lo mejor es pisarle la cabeza y terminar con la suya primero, porque no hay tiempo que perder, está tu vida en juego.

Espero que nuestra presidente sea más cautelosa en su vida y de ahora en más mida mejor las palabras que utiliza, que sean menos hipócritas. Porque son nuestras vidas las que están en juego. Todas. La vida de David Moreyra y la de su asaltada, por igual.

Hoy nadie podría afirmar que David Moreyra habría terminado con la vida de su víctima ya que fue él quien acabó sin vida.

Quizás lo mejor sería que nuestra presidente, en lugar de salir a hacer esas exclamaciones sobre el supuesto de lo que cuesta o no una vida, intentara construir un país en donde todas las vidas sientan orgullo y ansias de ser vividas, porque este tipo de exclamaciones incongruentes dignas de todo presidente que no tiene forma de explicar lo sucedido, sólo entierran a quien las exclama, embarrándolo y untándolo por completo en su propio fango.


lunes, 17 de marzo de 2014

Carta Abierta a nuestra querida intendenta.





Querida Mónica,


El domingo pasado a la mañana, a eso de las ocho, salí a pasear a mis perras por la zona de la Isla de los Inventos. Vivo en Roca y Urquiza y el paseo hasta el parque no demora más de cinco minutos.

El primer episodio inadmisible que sufrí fue en Roca y Catamarca, un Renault Clío blanco conducido por un joven de alrededor de 25 años (que iba extrañamente solo), de pronto comenzó a tocar la bocina como si estuviese festejando un gol, sin excusa aparente, molestando a toda la cuadra que, al ser domingo, seguro aún dormía. Dobló en Salta, a los resantos pedos, y se perdió de vista.

Luego, al llegar a Illía y ya caminando por ese último sendero que lleva a la zona de Flora, al baño público y a las mesitas esas de cemento, un VW Bora nuevo arremetió por esa calma calle arando y quemando los neumáticos, calculo que vendría a unos 80 kilómetros/hora.

Me di vuelta, asustado. A mi lado, un repartidor de hielo y su empleado sufrieron el mismo espanto y también se sobresaltaron. Casi nos atropella.

El joven, al vernos espantados, lejos de pedir disculpas y con un rostro que claramente denotaba exceso de alcohol y drogas –y no digo esto desde la ignorancia o la exageración, tenía claramente la mirada estrábica, estaba muy colorado, muy transpirado a pesar del frío matinal que reinaba y se babeaba un poco-, se dio cuenta de mi expresión y me preguntó, envalentonado, si yo tenía algún problema. Le dije que no, que el que tenía un problema era él, que yo solo caminaba y no ponía a nadie en peligro con mi andar, a lo que me contestó: “Andá a laburar, pelotudo”, y se fue arando nuevamente a encontrarse con sus amigos, que lo esperaban 50 metros más adelante, cerca de donde están los vagones reliquia, seguramente para seguir enfiestándose.

Seguí mi circuito con las perras hasta Río Mío y luego, al volver hacia Roca, me encontré con una inspectora de tránsito que ya se disponía a dar directivas en su labor de cortar el tránsito para dar inicio a la calle recreativa, así que me acerqué a ella y le señalé el auto, que aún se encontraba estacionado al lado de una chata blanca. Se los marqué con el dedo. Los jóvenes estaban sentados en unos bancos cerca de sus vehículos. Estaríamos a 60 metros.

La inspectora de tránsito escuchó mis reclamos y me dijo que sí, que eran “esos pibes de siempre”, a lo que le dije “Bueno, ahí los tenés, son todos tuyos”, pero me dijo que ella no podía hacer nada, que hasta que no viniese un superior (¿?) ella no podía hacer nada.

Esto me hizo indignar mucho y le manifesté, encolerizado, que no me podía estar diciendo lo que me decía, que claramente tenía un caso fácil de accionar ya que desde el episodio en donde casi me atropella hasta el momento en que le hice la denuncia no habían pasado ni 10 minutos, por lo que el joven aún se encontraría bajo los efectos de lo que fuere hubiese consumido y que solo había que llamar a la policía, acercarse hasta el lugar, impedirle que volviese a subir al vehículo y, una vez hecho el control de alcoholemia, multarlo, enviar el auto al corralón, llamar a sus papis, detenerlo o lo que fuere.

Pero la mujer continuó diciéndome que ella no podía hacer nada y que si tenía problemas, que fuera yo quien llamase a la policía.

Yo no tenía mi celular encima porque hay mucha inseguridad en la zona donde vivo y salgo sin nada, con las llaves nomás, así que me fui, desconcertado y harto de resignarme, porque al final no entiendo cuál es el propósito de pagar sueldos a inspectores de tránsito, ¿cuál es su verdadero rol en la ciudad?, porque solo los veo mandando mensajitos en alguna obra en construcción haciendo changas extra, colaborando en la calle recreativa o multando padres que estacionan en doble fila en los colegios de sus hijos porque no consiguen, como ustedes dicen tan alegremente porque se nota que no llevan chicos a la escuela: LUGAR PARA ESTACIONAR NI SIQUIERA A 10 CUADRAS A LA REDONDA DEL COLEGIO.

Te digo esto porque luego del nuevo dictamen en donde aseguran que este año no se podrá estacionar en ninguna escuela ni siquiera sobre el cordón de la vereda, tomé la determinación –y sobre todo para no volver a pelearme con un inspector de tránsito luego de aquella vez, el año pasado, que llegaron al colegio de mis hijas uno en moto y el otro en auto, el del auto “mal estacionó” en la ochava y se puso a hacer multas, y el de la moto venía con el casco en el codo como precisamente está prohibido circular y también, dejó la moto en la vereda y se puso a librar actas como quien reparte caramelos- que decidí, decía, no usar más mi vehículo salvo en casos de lluvia, vida o muerte. Y mi trabajo está a 50 cuadras de mi casa y el colegio de mis hijas a 40, no a 10 o a 15, pero prefiero levantarme una hora antes e ir a trabajar caminando y salir del trabajo 40 minutos antes para ir a buscar al mediodía a mis hijas a volver a padecer una de estas indignantes injusticias que padecemos los tipos de 40 y 50 años que debemos movernos por la ciudad en auto, que somos quienes, con nuestros impuestos, pagamos los sueldos de los inspectores de tránsito, y que somos los más perjudicados con multas y continuas nuevas prohibiciones de circulación.

Rosario, en el centro, es tierra de nadie. El bar de Roca entre Santa Fe y Córdoba, mano impar, (donde el otro día fue a bailar ese chico que balearon en Villa Gobernador Gálvez) es un sembradío de narcos, faloperos, pisteros, motoqueros sin escape y borrachos que, a las 5 de la mañana de los jueves, viernes, sábados y domingos, sueltan a la calle como si fuesen galgos en una carrera de perros desquiciados que salen a los gritos, a los tiros y a los botellazos. Se corren. Se putean. Se aparean en la vereda. Rompen vidrieras. Accionan alarmas que luego nadie apaga. Se cascotean. Se lamentan. Gritan. Se recriminan inconveniencias. Aúllan. Se llaman a los gritos de una esquina a la otra, cantan canciones de fútbol, etcétera. Y todos estos días que te marco, en casa, entre las cinco y las siete de la mañana, no se puede dormir. Ni mi mujer, ni mi hija de un año ni yo. Con mi mujer nos quedamos mirando el techo, esperando a que pase “el temblor”, mi hija llora, me tengo que levantar a hacerle una mamadera. Todos los jueves. Todos los viernes. Todos los sábados. Todos los domingos.

Entonces, me pregunto:

¿Por qué motivo los tipos de 40 y 50 años que salimos a trabajar, que llevamos hijos a la escuela y que somos el músculo de la ciudad tenemos tantos pero tantos nuevos impedimentos para circular con nuestros vehículos por una supuesta “mejor calidad de vida” o para “evitar accidentes” y los jóvenes descabezados de nuestra querida ciudad tienen vía libre para falopearse, chuparse, cagarse a tiros en medio de la vía pública y volverse a sus casas a que se les pase la borrachera y nadie nunca hace nada de nada por frenarlos o prohibirlos?

¿Qué deberemos hacer aquellos que trabajamos, pagamos los impuestos y manejamos un auto con adolescentes y niños cuando escuchamos que en el Consejo se reunieron para aprobar esta nueva ley que prohíbe estacionar en las veredas escolares de la ciudad en lugar de dedicarse día y noche a intentar terminar con la guerra narco y con los pelotudos insalvables que destrozan cada una de las madrugadas céntricas con la impunidad de un presidente de facto?

Al final, el pibe del VW Bora tenía razón cuando me dijo “Andá a trabajar, pelotudo”, porque eso es lo que soy, un flor de pelotudo.

En fin, me voy a laburar. Te mando un cariño,

Juan Pablo Scaiola.

jueves, 6 de febrero de 2014

Incendio en Barracas






Ayer a las 9 de la mañana, un grupo de Bomberos Zapadores de Buenos Aires acudieron a Azara 1245, en Barracas, para apagar el incendio que hacía minutos había comenzado dentro de las instalaciones de Iron Mountain, una corporación norteamericana dedicada a brindar servicios de reducción de costos en resguardo de documentación importante, protección de archivos y destrucción total de documentos y datos de grandes compañías asegurando la excelencia de cualquiera de estos servicios antes mencionados, incluso el de la destrucción de aquellos documentos otrora guardados con celo y contradicción. Usted puede ver con sus propios ojos de lo que hablo con solo cliquear esta dirección, donde un video alienta a quien fuese dueño de una mega compañía corporativa llena de papeleo que debe ser resguardado como también del otro papeleo, del que debe ser eliminado, que no hay otra empresa mejor calificada para brindar este tipo de servicios que la inefable Iron Mountain:


En el video, más o menos por la mitad, usted puede ver con qué fruición Iron Mountain nos refriega en nuestras caras lo bien preparados que están a la hora de proteger nuestros documentos del fuego para, instantes más tarde, mostrarnos con gran orgullo lo expertos que son a la hora de encomiarse a destruir documentos para que nada de lo que ocurrió en su compañía pueda ser develado.



Entonces, decía; ayer, a las 9 de la mañana, Carlos Veliz, Sebastián Campos, Maximiliano Martínez, Anahí Garnica, José Luís Méndez, Pedro Barícola, Leonardo Day, Eduardo Conesa y Juan Monticelli, junto con otros compañeros a los que en ese momento no les llegaría la hora, intentaban ingresar al galpón de Azara 1245 cuando fueron aplastados sin más y en un desesperado instante por un paredón inmenso que, como si fuese un castillo de naipes, se acostó de pronto encima de ellos al perder el equilibrio cuando el techo comenzó suavemente y en silencio a empujarlo hacia afuera.

Y murieron, todos aplastados.





Si uno ve las fotos, puede tener una referencia bastante impactante del espesor de la pared que les cayó encima. No era una pared de 15, ni siquiera era de 30. Era una pared de esas con las que se construían los galpones de principios del siglo pasado, que seguramente mediría 60 centímetros de grueso. Y no hubo forma de evitar la masacre. Los nueve murieron de inmediato, sin tiempo a darse cuenta lo que había ocurrido.

Nueve personas dispuestas a todo, nueve bomberos que dedicaban su vida a salvar otras se encontraban intentando ingresar al galpón encendido en donde no había un alma que rescatar, solo papeles incandescentes y fierros retorcidos y a punto de hervor. Y la  labor del bombero es apagar el fuego, porque de lo contrario las llamas pueden tomar las casas linderas y propagarse sin más.

Deben acudir. Deben ingresar. Deben apagar el incendio.

Un incendio que, si uno vuelve a ver el video institucional de la empresa Iron Mountain, no puede más que preguntarse entonces cómo puede haber acontecido siendo Iron Mountain una corporación norteamericana dedicada precisamente y entre otras cosas a la protección del fuego de documentos de otras corporaciones norteamericanas.



Así que espero realmente que esos cuatro empleados que están declarando en este momento expliquen con gran detalle cómo fue que ninguno de los dispositivos de seguridad que debían velar por los importantes documentos que almacenaban se activó, como también explicar cómo puede haber ocurrido que nadie haya siquiera tomado uno de los cientos de matafuegos que cuelgan de las columnas internas del lugar, que claramente se advierten en las fotos, y cómo puede haber acontecido que el fuego se haya propagada de tal forma que la cabreada comenzara a dilatarse empujando hacia afuera las enormes paredes que rodeaban el lugar, que cayeron con firmeza sobre nueve bomberos que deberían haber estado socorriendo gente en otros siniestros en lugar de haber estado intentando ingresar dentro de un lugar lleno de chanchullos documentados que, oh por dios santo, qué terrible mala suerte, acababan de transformarse en cenizas para no poder servir como prueba para demostrar esto, aquello u lo otro en un futuro cercano.

Y ¿la verdad? Estoy un poco indignado y triste. Porque sé que nada de lo que declaren estos cuatro empleados servirá para nada. Sé, casi como una suerte de poderoso mentalista, que si en algún momento se descubre que hubo un error o que el incendio fue premeditado, seguramente Iron Mountain tendrá la manera de demostrar que lo que ocurrió en realidad fue que un empleado desleal fue el responsable de lo acontecido o fue un loco pirómano que justo entró en la hora del desayuno y roció todo con nafta para prenderlo y huir por una puerta del fondo.



Porque nada cambia, porque hemos sido testigos de situaciones parecidas, como en el caso de la masacre de Once, donde ya se tiene alguna certeza de que en realidad no fue que el tren no frenó porque era un viejo exocet oxidado y sin frenos sino que el responsable fue el maquinista, quien había tenido un episodio de epilepsia mientras mandaba mensajitos por teléfono y tomaba vino del pico…

Esperemos que se sepa la verdad de lo que ocurrió en este incendio tan evitable dentro de una corporación preparada hasta la médula para atacar incendios.



Los familiares de las nuevas nueve víctimas merecen saber la verdad.


Y nosotros también.

miércoles, 29 de enero de 2014

Dermaglós - Pantalla Total



Hace un mes atrás mi hija más chica, que tiene 11 meses, volvió de su día de pile y club con todo el pecho lleno de granitos. Y la nuca también, llena de granitos. Y los brazos.
No entendíamos qué podría ser, lo único que habíamos hecho distinto era que acabábamos de cambiar el protector solar porque la doctora nos dijo que el que usábamos (factor 60) no era suficiente, que teníamos que comprarle alguno de “pantalla total” y que el Dermaglós factor 70 iría bien así que, corazonada o instinto de padres, cuando retornamos al club le volvimos a poner aquel que no gustaba a la doctora sin consultarla. Son esas cosas que hacemos los padres que no sabemos por qué las hacemos pero que generalmente dan en la tecla. Y tal cual, la nena volvió a su estado dérmico normal, y se le fue el sarpullido.
Pero luego, a los pocos días, nos enteramos de la terrible noticia:
Retiran del mercado protector factor 70 de Dermaglós por reportes de alergias y dermatitis en bebés y niños
Y ¿la verdad?, me dio un poco de miedo. Tanto hace que hablamos y debatimos entre amigos o en todo tipo de reuniones sobre el flagelo de la medicina moderna, en donde somos víctimas y rehenes de un sistema que nos exprime el 30 % de nuestros ingresos para condenarnos a formar parte de una cadena en donde tenemos la certeza de que, en caso de que algún día nos pase algo, estaremos a la buena de Dios porque seguro que nuestro plan no cubrirá tal o cual cosa haciendo que nos levantemos prácticamente todas las mañanas cuestionándonos para qué pagamos obra social si todo el tiempo escuchamos que a tal le pasó esto y a cuál le sucedió lo otro hundidos en la más implacable impotencia  sobre todas las injusticias que padecemos a diario.
Pero que una noticia como esta haya salido así, de frente manteca, a chantarnos que Dermaglós retira del mercado un producto que afectó a tu bebé…, es un poco demasiado.
Porque uno sabe casi con pruebas que en los laboratorios estos fabrican todo tipo de cosas que generan dependencia o que conocen la luz gracias a alguna coima o que riegan el mercado luego de una poderosa ley arreglada que nos obliga a consumirlas. Y da mucha bronca eso. Da impotencia.
Uno siente que es una vaca. Una vaca en el matadero. Y hace rato que sentimos eso, no hace falta que Dermaglós retire del mercado un producto que, a pesar de que funcionó muy bien en las pruebas previas a su salida al mercado -y de las que jamás sabremos qué tipo de pruebas soportó y sobre qué superficie-, produjo reacciones adversas en la población. El problema es que, cuando esto le sucede a un hijo nuestro tan chiquito, en donde uno abraza la ilusión de imaginar que vivirá en ese mundo nuevo en donde las corporaciones farmacéuticas ya no existan y cada uno pueda sanar sus pesares a la vieja usanza, es ahí donde la trompada certera de la realidad nos muestra con gran expedición que nada cambiará, que seguiremos siendo vacas en el matadero y que si acaso alguna duda había florecido en nuestra cabeza, acá está el claro ejemplo de que no. Que todo seguirá igual.
Entonces me pregunto, y sé que no encontraré respuesta:
¿Qué nueva formulación de filtros utilizó Andrómaco para el lanzamiento del nuevo protector solar Dermaglós Factor 70 que tan bien funcionó en las pruebas y que luego, en la piel nuevita de nuestros nuevitos bebés produjo esos trastornos?
¿Qué superficie utilizó Andrómaco para untar el nuevo protector solar y determinar entonces que el producto no afectaría la nuevita piel de nuestros nuevitos bebés?
¿Quién fue el responsable de dichas pruebas?
¿Quién es el inspector del ANMAT que dio el visto bueno para que las farmacias del país recibieran el nuevo protector solar?
Ésta erupción que contrajo mi hija de 11 meses, ¿es el único síntoma que habrá tenido o tendrá alguna secuela extraña en algún momento por haber consumido este protector solar que Andrómaco asegura que pasó todas las pruebas pero que no nos cuenta cuáles fueron?
¿Andrómaco saldrá a dar explicaciones o se quedará en silencio?
¿El gobierno obligará a Andrómaco a que dé explicaciones o no se meterá en el tema?

No me gusta pagar mi obra social. Todos los años voy al médico 2 o 3 veces y pago 13.000 pesos por ello para que cuando sea viejo y tenga alguna enfermedad concreta la prepaga no me cubra el medicamento por algún artilugio pergeñado con atinada inteligencia en el bufete de abogados que las defienden de nosotros, quienes les damos de comer, y así entonces no brindarme el servicio por el que pagué toda mi vida.

La salud debería ser gratuita. Las corporaciones farmacéuticas deberían desaparecer.
Vivimos atados a una máquina que reparte elementos que nos aseguran soluciones que ni siquiera sabemos de dónde provienen, quiénes son aquellos que los construyen y quién es el inspector de turno que aprueba estos productos.
Me gustaría que Andrómaco explicara con lujo de detalles lo que ocurrió con su protector solar.

La piel de mi hija y de sus hijos está en juego.

Se pueden juntar firmas para resolver este asunto en:

viernes, 16 de agosto de 2013

Final de búsqueda


por Juan Pablo Scaiola
Tiempo de lectura: 20 min.





El viernes pasado a la noche me fui a dormir con la certeza de que por la mañana del sábado -o a más tardar por la tarde- se terminaría con la remoción de escombros de Salta 2141. Los bomberos y rescatistas habían estado toda la semana trabajando día y noche sin descanso y sobre el fin del viernes lograban quitar el tanque de agua que imposibilitaba terminar las labores de rescate y sólo restaba retirar el 30% de los escombros. Visto por un simple y optimista ciudadano que jamás hizo curso alguno de rescate o de primeros auxilios y al que nunca se le ocurrió alistarse en la cruz roja o anotarse para bombero voluntario, aquella era una tarea que auguraba un inmediato desenlace.

Y para colmo los ausentes que aún no habían sido encontrados comenzaban a aparecer con una rapidez inusitada mientras montones de ciudadanos de todos los puntos cardinales de nuestra ciudad avistaban a Santiago Laguía acá y allá, todo el tiempo. Por poner un par de ejemplos, en una misma hora Santiago había pasado caminando por la Plaza López y por Mendoza y Wilde, dos lugares separados por 110 cuadras uno de otro  mientras que días atrás había sido visto al mismo tiempo en Córdoba y Caferatta, San Nicolás y Gaboto y en Gaboto al 500, lugares que también están separados por 30 a 40 cuadras entre sí, alimentando con maestría de implacable chef la ilusión de su pobre madre, que de inmediato hizo cuentas y los datos le cerraban, porque Santiago, confundido y aturdido e inmerso en el más dantesco estado de shock, intentaba infructuosamente ir a la dirección donde vivía en Pergamino: San Nicolás y Gaboto. Y por eso andaba por aquella zona…


 
Y todo cerraba, no podían quedar muchos cuerpos entre los escombros, ya habían encontrado a casi todos y no quedaban tantas piedras por remover, seguro que Santiago andaba perdido por ahí, como Luisina. Incluso, según otra hipótesis, ambos habían sido bajados a la calle por un rescatista ni bien se produjo la explosión, que dijo que con sus propias manos los ayudó a salir de lo que quedaba de sus departamentos, eran “un muchacho de pelo largo y una chica rubiecita”, así que ahora debíamos salir en búsqueda de Santiago y Luisina. 







Y todos nos aferramos a la teoría del shock, y salimos a la calle a dar vueltas manzana. Y la foto de ambos comenzó a empapelar cada pared de la ciudad hasta que la mamá de Luisina dijo: “No busquen a mi hija en la calle, estaba hablando por teléfono conmigo cuando iba en el ascensor, tranquilizándome de que ya estaba saliendo cuando la comunicación se cortó abruptamente al momento en que todos sentimos la explosión. Mi hija estaba en el ascensor cuando esto ocurrió, no fue rescatada, si está con vida, está esperando que la rescaten dentro del ascensor”.

Y el fin de semana pasó sin penas ni glorias mientras los únicos seres vivos que se rescataban con vida -y tengo que admitir que sentí una gran desazón- eran un gatito, un canario y unos pececitos de colores. Y no había caso. Cada uno de los “ausentes” aparecía muerto entre los escombros. No hubo uno solo que haya aparecido con vida. No creo que haya nada más injusto y que dé más impotencia que encontrar un par de pececitos de colores vivitos y coleando dentro de su pecera, rajada, sí, pero con el agua suficiente para que se mantuvieran con vida.


 
Y mientras se reforzaba cada vez más la idea de encontrar a Santiago y Luisina deambulando por ahí ya que se sumó –mal hecho- el Padre Ignacio, quien le dijo a sus familiares que lo siguieran buscando ya que Santiago “estaba vivo porque podía sentir sus latidos con sólo tocar una foto”, de pronto con la euforia de vernos en el final de búsqueda y con la ilusión y la casi certeza de encontrarlo con vida llegó el lunes al mediodía y los rescatistas pudieron acceder a revisar la zona de los ascensores, sector del edificio que jamás tuvimos en cuenta y que ni remotamente tomamos como opción lógica donde pudiesen estar algunos de los ausentes, atrapados debajo de ese maldito tanque de agua que, como en todos los casos de propiedades horizontales, se encuentra justamente encima de los ascensores en ese monstruoso cubículo donde acumula toneladas y toneladas de agua de red.



Y a la tarde aparecieron de pronto todos los funcionarios públicos, demostrando que esto se terminaba a la vez que el diario La Capital anunciaba un escueto “se encontraron dos cadáveres” y la ilusión, la desesperanza y la necesidad de terminar con este suplicio se fusionaban hasta convertirse en una sola cosa: La realidad de que todos los ausentes habían perecido en la explosión.
Y mientras yo estoy escribiendo esto y usted lee lo que opino, José Osvaldo García, el gasista matriculado con 30 años de experiencia que se encontraba manipulando el regulador de gas de Salta 2141 está confinado en una celda esperando la resolución de la causa mientras los directivos de Litoral Gas andan por la calle y van a trabajar a sus oficinas como si manejaran alguna empresa dedicada a la manufactura de caramelos, libres de culpa y cargo ya que, como bien manifestó a los periodistas el RRPP José María González en la organizada a los ponchazos conferencia de prensa inmediata después del allanamiento del mismo martes de la explosión: 

No, Litoral Gas no tiene nada que ver con el hecho acontecido en calle Salta al 2100, no había ninguna cuadrilla trabajando en el lugar y no tenemos reclamo alguno durante el día de hoy que hubiera o hubiese habido alguna denuncia sobre pérdida de gas en la zona, así que pongan bien grande que Litoral Gas no tiene nada que ver.



Esto lo dijo José María González, gerente de relaciones públicas de Litoral Gas a pocas horas de haber explotado el edificio por el aire. Y el párrafo entero está infestado de cuestiones tan hipócritas de las que ya estamos curtidos y acostumbrados que realmente es una declaración sin mecha, que explota en la cara del propio González mientras la dice:

No, Litoral Gas no tiene nada que ver con el hecho acontecido en Salta al 2100” se refiere a que precisamente, al momento exacto de la explosión, el operario que manipulaba el regulador no trabajaba para Litoral Gas. Fiel a su condición de RRPP de la empresa que protege con sus torpes exclamaciones, jamás se le hubiese ocurrido aclarar que el edificio tenía montones de denuncias previas, docenas de visitas de cuadrillas de la empresa y que justamente la última vez que habían ido había sido cuatro días antes. Pero este detalle no es relevante. La culpa es del consorcio, o del gasista, que seguro no es matriculado. O de Montoto.

No había ninguna cuadrilla trabajando en el lugar”. No, por supuesto. Aunque no aclara que habían estado trabajando en el lugar el 2 de agosto. No. ¿Para qué? Quién sabe tenemos suerte y no lo descubren y le echan la culpa al gasista, o a Montoto.

No tenemos reclamo alguno durante el día de hoy de que hubiera o hubiese habido alguna denuncia sobre pérdida de gas en la zona” No, o quizás es tan reciente que aún no se enteró. Lo que no reconoce –y no lo hará por su condición de defensor de la empresa- es que hacía mucho tiempo que todos los vecinos del edificio venían reclamando justamente eso.

Litoral Gas supuso que mandando al frente a este insensible RRPP señalando que ellos no tenían nada que ver desde los 15 minutos previos a la explosión de Salta 2141, la justicia entonces aplicaría todo el peso de la ley sobre el pobre García, quien acababa de ser capturado por la policía vagando shockeado y desahuciado por el centro de la ciudad, presa de una angustia sin igual que lo acompañará tomándolo firme de la mano hasta el día de su muerte. 



Y deberían haberse rescatado. Deberían haber sido más inteligentes. Ganan tanto dinero en esos altos cargos que uno no puede dejar de sorprenderse con estas toscas defensas que no duran siquiera lo que tardó el edificio en explotar entre que se rompió el caño hasta que devino la fuerte bomba que se escuchó a 40 kilómetros a la redonda. Fieles a su condición de “empresa adjudicada en la era Menem” lo que deberían haber hecho es cerrar las puertas, pedir un taxi hacia el aeropuerto y tomar el primer vuelo a dónde sea, salir a hacer esas tontas declaraciones es menos que ridículo. Y enoja muchísimo.




Este martes se cumplirán 2 semanas de la evitable explosión donde 21 vidas quedaron truncas.

El lunes 5 de agosto a la noche, Carlos López elegía quedarse a dormir en su casa en lugar de ver los Martín Fierro en lo de una amiga. Se acostaría a dormir y nunca más despertaría. El viernes siguiente le entregaban las llaves de su nuevo departamento, aunque no llegó a recibirlas ni a estrenarlo.

Estefanía sería la primera en aparecer muerta, sería rescatada sin vida de los brazos de su novio, quien estaría gritando confundido y pidiendo ayuda sin entender qué había pasado.

Maxi Vesco pediría el día libre, andaba medio hinchado las pelotas, o medio estresado y le diría a su hermano que el martes no iría a trabajar, tampoco despertaría el martes.

El propio martes, el novio de Flor Caterina iría a comprar medialunas para el desayuno minutos antes de la pérdida monumental de gas, y no volvería a ver con vida a su novia.

Luisina llamaría a su madre desde adentro del ascensor, avisándole que se quedara tranquila, que había una pérdida de gas terrible, pero que ya estaba saliendo a la calle, aunque nunca lo conseguiría, seguramente acompañada por Santiago, su vecino de al lado que habría decidido bajar a la calle también en lugar de quedarse en su departamento, propiedad que quedó en buenas condiciones y que, de haberse quedado ahí, quizás hoy estuviese abrazado a sus familiares buscando un nuevo lugar donde vivir y así terminar su carrera de médico.

Federico y Soledad fueron encontrados en las escaleras hacia la calle, también venían escapando del soplido insoportable del caño de media presión que avisaba con saña que en cualquier momento volaba todo a la mierda. No conseguirían escapar.

Roberto, Teresita, Juan, Oclides, Lydia, Ana, Domingo y María Esther, los vecinos mayores del edificio morirían atrapados entre sus pertenencias mientras en la misma vereda, en la casa de cuadros, a Adriana le caería el techo encima, matándola en el acto delante de la mirada despavorida de su marido y su empleado, que saldrían ilesos del episodio y nunca entenderán por qué se salvaron estando en la misma habitación.

María Emilia sería encontrada sin vida y abrazada a su vieja Golden, quien no se separaría del cuerpo de su incondicional compañera hasta que la médica entrase en la habitación a tomar cartas en el asunto ante la espera paciente de los bomberos, que detuvieron su labor al encontrarla.


Secuencia cedida gentilmente por Gus Ruarte.

Y mientras tanto, por el lado positivo (muy pocos), Mariela había estado toda la semana pidiendo sin suerte que le cambiaran las mañanas por las tardes en su trabajo, habiendo sólo conseguido hacerlo el lunes para el martes irse al trabajo maldiciendo y escuchando la explosión a muchísimas cuadras de su departamento, ahora desaparecido, sentada delante de la computadora en su box de la empresa para la que trabaja.

Y a todas estas mini historias que les relato hay que agregarles las de las otras 175 propiedades afectadas de los vecinos de al lado, de enfrente y del contra frente, que estuvieron toda la semana insistiendo con que los dejaran entrar a sus casas para retirar al menos efectos personales livianos sin tener una vaga idea de la dimensión de la destrucción de sus hábitats al punto en que el shock de ver sus pertenencias arrasadas los arrasara con la misma celeridad con que lo hiciere la explosión, debiendo necesitar atención y sostén psicológico ya que tendrán que empezar de cero. Tendrán lo puesto, y alguna prenda. Algún portarretrato. Algún gatito escondido en el placard, no mucho más.


Se tendrán que mudar a un departamento que le asignará la municipalidad con beneficios exclusivos para “ciudadanos explotados”, donde no necesitarán presentar garantías propietarias. Se verán beneficiados con descuentos de honorarios inmobiliarios y contarán con dinero en efectivo para poder comprar algunos muebles y rehacer su vida.

Si Juan Pablo Schiavi fuera responsable de Energas, diría: “Tenemos que agradecer que García no fue a cambiar el regulador de gas a las 7 de la mañana, la cantidad de víctimas fatales se hubiera multiplicado exponencialmente. Habrían muerto niños, hubiesen muerto muchos más vecinos”. 

Y estaríamos de acuerdo con Juan Pablo Schiavi. Tenemos que agradecer que la explosión fue a las 9:37 de la mañana.

Lo que no podemos agradecer es que una vez Menem entregó las llaves de Gas del Estado a Litoral Gas e inmediatamente después de los primeros estudios de mercado, la nueva empresa privada haya decidido retirar de las calles las válvulas de emergencia porque tenían un alto costo de mantenimiento. Eso debemos lamentarlo.


Quizás ese alto costo de mantenimiento de las válvulas de seguridad que hubiesen servido para cerrar el gas de inmediato ni bien comenzó la violenta y peligrosa fuga haya sido el culpable del balance rojo que entregaba Gas del Estado todos los meses en la época en que el país debía pagar su déficit, pero no lo creo. No creo que haya sido sólo por eso que Menem entregó Gas del Estado a las compañías privadas que se la repartieron.

Lo que creo, y lo que veo con gran tristeza, es que no importa el tiempo que pase. Siempre recordaremos aquel gobierno de Menem y los desaciertos que dejamos que ocurrieran con liviandad por las diversas masacres accidentales que seguirán apareciendo de pronto cuando uno esté pensando en otra cosa y con la guardia baja. Porque tanto se vendió, tanto se regaló y tanto tiempo hace que no se presta atención a lo que pasa dentro de estas empresas privadas que se quedaron con todas las joyas de la abuela, que reconstruir este país y dejarlo saneado llevará un par de décadas más, por lo menos, siempre y cuando los gobernantes tomen verdaderas cartas en el asunto.



Quizás debiéramos tener en cuenta estas cosas a la hora de votar, no votar a indignantes hipócritas inadmisibles que se aprovechan de estas cuestiones para ganar votos mientras hablan de revolución de la boca para afuera. Y tampoco votar a esos pseudo salvadores de poca monta que nos llevarán de un empujón en un rápido y aceitado tobogán devuelta a los '90, era que, luego de la etapa del proceso, es y será por siempre la más siniestra de la que se tenga memoria.