miércoles, 24 de diciembre de 2014

Navidad llegó





Bien, amigos, está terminando este 2014. ¿Quién lo hubiera dicho? ¡2014! Ya parezco un viejo no creyéndome el año que curso.

Termina un año difícil. La inflación destruyó los billetes. Muchos hemos dejado de hacer cosas que antes hacíamos como si nada mientras Cristina aduce que esto ocurre por la crisis global que hay en el globo que nos engloba en esta era globalizada. Es cierto que hay una crisis global en el globalizado globo, de esas que hace rato no se veían, pero la verdad es que no sé si es tan así.

En una entrevista de 1971, un jovencísimo pero muy despierto y nostradamusiano Roger Waters anunciaba que la plata un día se iba a acabar, y que para ello no faltaban 14 generaciones. Nosotros mismos lo íbamos a padecer, aquellos que estuviésemos vivos y fuésemos jóvenes en 1971 veríamos con nuestros propios ojos el fin de la era monetaria.

Y aquí estamos, ¿Roger tenía razón cuando decía esto? Claramente no. Tanto él como sus amigos de Pink Floyd llegarán a ver crecer las margaritas desde abajo con los bolsillos chorreando fajos de dólares, y sus hijos también. El tema es cuando hablamos de simples boludos como usted o como yo, esos seres comunardos que habitamos esta Tierra que terminamos en esta ineludible realidad que nos tiene hace años (sí, años) viviendo el día a día como vendedores ambulantes o buscavidas, ilusionados hasta el sesgo con encontrar la forma de salir rajando de nuestros problemas cotidianos sin conseguirlo.

En lo que a mí respecta, debo brindar por un 2014 que se va en donde finalmente y luego de 25 largos años de espera pude poner en marcha junto con mi hermana ese proyecto que siempre quedaba trunco por la mochila familiar. Y a pesar de que el nuevo horizonte debería haberse enfocado hace al menos una década y habiendo empezado tan pero tan tarde, hoy puedo ver los brotecitos de aquello que sembré anhelando algún día comer sus frutos. Falta. Falta un montón. Pero ahí están los brotes. Ya se pueden ver, y eso me llena de orgullo y alegría. Y no me puedo quejar.

Luego, nuestro terco ispa, siempre errante, siempre torcido, continuamente manoseado. Cristina está terminando su segundo mandato. Nunca, en toda la historia de mi familia desde la época de mis bisabuelos, sufrimos tan largo período de vacas flacas. Jamás. Ni mi bisabuelo materno sastre, de quien mi vieja cuenta siempre que tuvo que comprar la casa donde vivieron dos veces por culpa de Frondizi -yo no le digo nada, para no pelear, pero la pudo volver a comprar. Llego a perder mi departamento en la actualidad y no podría siquiera pagar un alquiler, ni hablar de sacar un crédito para recuperar mi casa y comprarla dos veces-. O en la época de los milicos, que a mi padre le expropiaron un campito porque debajo de su tierra tenía petróleo. O con Alfonsín, que mi viejo compró un departamento en cuotas y la última tenía tantos pero tantos ceros que no entraban en la boletita de pago. Me acuerdo cuando la pagó, yo tenía 14 años,  llegó del banco y puso el tema de las Walkirias al recontra taco en el equipo y se puso medio en pedo. Jamás lo vi ni mareado, y esa vez se había quitado una mochila de encima que lo hizo enloquecer más de lo normal. Ni siquiera en la época de Menem, cuando mi padre se fundió minutos después que el Carlos diera el visto bueno y dejara entrar colectivos interurbanos importados de Brasil haciendo quebrar de inmediato a todas las fábricas carroceras nacionales, principales clientas del negocio familiar.

Pero siempre de alguna manera pudimos salir de esos bretes, porque siempre hubo trabajo, y de alguna forma siempre nos mantuvimos ocupados cortando tela para un traje nuevo (mi bisabuelo Santo), vendiendo telas como viajante por los pueblos del norte (mi abuelo Héctor), fabricando preservativos (mi abuelo Juan), vendiendo aluminio (mi abuelo Juan, mi padre), curvando aluminio (yo), fabricando aberturas (mi hermana y yo). Y los caminos se bifurcan y la vida continúa y el sol sale para todos y el abanico siempre fue muy variopinto, solo había que trabajar y buscar oportunidades, y eso era todo. Y el trabajo venía solo.

Y la verdad es que la época de Cristina me pulverizó. Con Néstor llegué a mudarme a mi departamento propio con la casa por la mitad y la ilusión de terminar los detallitos con lo que me ahorraría de alquiler. Me costó pocos meses agradecer estar en una casa donde no tendría que pagarlo, y al día de hoy, siete años después, el baño sigue por la mitad como cuando me mudé, y mis ingresos se fueron devaluando sistemáticamente hasta mi realidad actual, en donde si le pago a la niñera que cuida a Alba no puedo mantener el auto.

Termina el mandato de Cristina. Este es el último año y mi desaliento es fenomenal. Pero como dice mi mujer: “A mi cualquier colectivo me deja bien en El Desaliento”, soy muy de desalentarme, muy pesimista. No me culpo. Me han pasado tantas cosas “evitables” durante mi vida que vivo con los ojos crispados, mirando allá delante, intentando con desesperación no pisar las mismas piedras del pasado, que siempre vuelven, y siempre están ahí.

Mi relación con Cristina fue difícil. Al principio le tenía un fuerte rechazo. He perdido amistades por discutir sobre los Kirchner. Luego, los distintos cambios que atacaron sin titubear me hicieron respetarlos y esperar, no podía siquiera levantar mi mano de reclamo habiendo tantos que esperaban desde tanto tiempo antes. Incluso por un pequeño instante me sentí bastante atraído con el gobierno, justo antes de su segundo mandato. Y a pesar de que no la estaba pasando bien y que hacía rato que mi situación económica estaba postergada, decidí hacer a un lado ese detallito, y acompañarlos.

Hoy, Cristina está más devaluada que nunca. Su gobierno está dormido y en piloto automático, su rumbo económico perdió el foco, su ira hacia la oposición terminó de dividir a todo el mundo y los hechos de corrupción no tienen nada que envidiarle a la época menemista.
Pero lo que más me desalienta, lo que me tiene verdaderamente preocupado y sin dormir no es solo que hace siete años que espero termine esta largo período de vacas flacas que ni mi padre ni mis abuelos siquiera padecieron o imaginaron. Lo que más me perturba es que no tenemos a quien votar. Que las opciones son: seguir este modelo altanero y embichado que solo promueve los planes trabajar sin atender al resto de la población no rica que continuará esperando y esperando, o votar al mamarracho de Massa, que se pasó el año entero demostrándonos con gran talento lo inútil que es, lo manejado por los medios que está y lo tremendamente fácil de convencer que es hasta por el patético asesor de imagen que le ubicaron. O Scioli, quien nos ha demostrado con tesón que lo único que quiere es llegar a presidente, sea como sea y sin importar nada de lo que le ocurra en el camino, bosquejándonos con trazo de apasionado paisajista lo boludo y manejable que sería un período con él al poder. O Macri, de quien no podría ponerme a enumerar sus defectos o sus corridos ideales de patriotismo, rodeado por un equipo de inútiles de doble apellido que no tienen puta idea de lo que es pasar hambre o lo que hay que hacer para sacar el país adelante.

Así que no sé qué va a pasar con nosotros, quién nos gobernará y si algún día saldremos de este período de vacas flacas al que ya habría con señalar como período de vacas famélicas.

Lo que sí sé es que los Kirchner nos cambiaron la vida, y que hoy no somos ni remotamente aquellos que fuimos, y que tuvimos que afilar el cuchillo mucho más de la cuenta.

¿Hoy somos mejores personas? Sin dudas. Si tuviésemos que correr una carrera con algún otro desesperado de otra parte del globo globalizado lo dejaríamos tirado en el piso antes de largar, confundido sin saber qué fue ese viento que lo volteó.

Y no sé si Roger Waters tenía razón en aquella entrevista de comienzos de los setentas, pero prefiero creer que sí.

En este 2015 elijo convencerme de que realmente la era monetaria está acabando y que tendremos que enfocar nuestros futuros gastos y prioridades de otra manera, porque la plata no viene más, y la que tenemos no sirve para nada. Y ni Cristina, ni mucho menos Macri, Scioli o el imbécil de Massa podrán dar vuelta una situación que está aferrada a nuestra idiosincrasia como caprichosa y glotona garrapata. Así que cuiden el mango, no se metan en deudas innecesarias y vayan despacito, que esto no termina ni remotamente cuando Cristina deje el sillón de Rivadavia.


Feliz navidad para todos y como digo siempre: Pasen estas fiestas bien y solo con quienes merecen su compañía. Hagan un balance. Chúpense un buen Champán o un lindo vino de guarda, y arranquen el 2015 alertas y preparados, que eso que se viene, que está a la vuelta de la esquina, ni siquiera hubiera sido imaginado por Roger Waters, y mucho menos por Nostradamus.

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